EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR Y POR QUÉ NO ERES UN FRAUDE

Vas a tu trabajo, pero piensas que te despedirán en cualquier momento cuando descubran que no mereces estar ahí. Haces las cosas que te mandan en clase, pero siempre por debajo de lo que consideras que tendrías que estar haciendo. Sientes que engañas a tu jefe, a tus compañeros, a tus clientes… Te sientes como un fraude, un engaño que eventualmente saldrá a la luz.

Si esta manera de pensar te resulta familiar, quédate a leer este post sobre lo que conocemos como el Síndrome del Impostor.

¿Qué es el Síndrome del Impostor?

El síndrome del Impostor se basa en el miedo a ser expuestos como un fraude y suele aparecer en el ámbito académico, laboral o artístico. Sin embargo, esta sensación de fraude no es por falta de competencia o por tener un desempeño pobre, todo lo contrario. Las personas que se comportan así son incapaces de reconocer el éxito personal en su desempeño en un contexto altamente demandante. Como consecuencia, acaban creyendo que están engañando a los demás cuando realmente están cumpliendo sus tareas, en muchos casos de manera excelente.

¿Por qué ocurre?

Las personas que experimentan este “síndrome” pueden haber cumplido con las tareas que se les pide, obtener resultados y haber tenido experiencias de que son buenos en lo que hacen, pero eso no reduce la creencia de que le faltan habilidades o que no pueden afrontar las demandas. De hecho, si se perciben como personas incompetentes y tienen un puesto tan importante, asumen que es porque los demás están constantemente sobrevalorando su rendimiento y capacidades. De ahí proviene la sensación de ser un fraude.

Para entender cómo esto es posible, tenemos que ir desgranando cómo piensa una persona con Síndrome del Impostor. Estas personas consideran como fracaso cualquier cosa que no sea la máxima nota, no tener ningún fallo, conseguir que todos estén de acuerdo… en definitiva, que salga todo perfecto. Esta definición rígida de lo que supone tener éxito acaba suponiendo que la persona, aunque invierta una cantidad de tiempo o esfuerzo normal, no consiga sus resultados. El malestar asociado a no cumplir, a pensar cosas como “no vas a llegar a nada”, a no conseguir ese resultado sobresaliente, conduce a que la persona incremente ese tiempo y esfuerzo invertido. De esta manera, se esfuerza mucho más, consiguiendo acercarse un poquito más a eso que considera hacer las cosas bien.

Sin embargo, trabajar bajo toda esa presión de conseguir ese objetivo exigente no es gratis: supone un malestar considerable. Esto puede acabar derivando en que la persona deje de hacer las tareas, lo que se conoce como procrastinación¸ solo para no tener que enfrentarse a esa situación tan difícil. En el momento, resulta más sencillo hacer tareas de la casa, salir con amigos o hacer otras cosas, hasta que se acerca la fecha límite que hace necesario enfrentarse al malestar.

Sin embargo, incluso aunque trabaje de más o consiga un buen resultado habiéndolo hecho el día anterior, sigue sin ser suficiente para esa persona. Por eso, cuando otras personas alaban su desempeño o elogian su trabajo, se cuestiona lo que dicen (p.ej., “lo dicen por cumplir”, “lo he hecho a última hora, no merezco el halago”, “realmente no soy bueno”). Estar pensando estas cosas les sirve para prepararse para el golpe que anticipan que ocurrirá cuando los demás vean que no sirve para su trabajo o se reafirman en que tienen razón en la visión que tienen de ellos mismos, pero también mantiene el malestar porque no reconoce las cosas positivas de su trabajo ni le permite afrontar las tareas de otra manera.

¿Qué podemos hacer?

Esta manera de comportarnos puede dañar nuestra autoestima, reducir el estado de ánimo, incrementar nuestra ansiedad o estrés e incluso afectar a nuestras relaciones personales. Por eso, estas pautas pueden ayudarte a gestionar esta situación:

  • Revisa tus exigencias, qué es para ti un fracaso y qué es un éxito. Puede que salgan ideas perfeccionistas, como el no poder cometer errores o tener que saberlo todo. ¿Sabes qué? Somos humanos, nos equivocamos. Si no te permites cosas que a un amigo cercano sí le permitirías, entonces es cuando quizá hay una exigencia elevada.
  • Valora qué cosas son importantes en tu vida y si te merece la pena continuar con unas exigencias tan altas. Rendir a un nivel de 10 en el ámbito académico supone que vas a tener que rendir a un nivel menor con tus amigos, en tu ocio, en tus relaciones familiares o en otras áreas importantes para ti. El tiempo y la energía son recursos limitados, no puedes llegar con nivel de 10 a todo. ¿A qué cosas estás dispuesto a renunciar? ¿te merece la pena renunciar al resto de tus áreas por cumplir con tus exigencias elevadas en ese ámbito?
  • Si ya tienes claro que lo que te exiges a ti mismo es demasiado, exponte a cometer errores. Asume que no puedes llegar a todo. Dedica menos tiempo. Permítete tener ocio entre semana. Disfruta de tus amigos o de tu pareja, aunque tengas el pensamiento de que deberías estar trabajando. Probablemente lo hagas peor de lo que lo hacías antes y eso despertará miedo e inseguridades en ti. Si te mantienes así, descubrirás que no pasa nada por hacer las cosas con un nivel de 8 o 7, y entonces ese malestar se reducirá.
  • Haces las cosas lo suficientemente bien, ¡no eches por tierra tu esfuerzo! Recuerda todas las cosas positivas que han dicho de tu trabajo, intenta encontrar cosas positivas y negativas del feedback que te han dado, sé más objetivo con las cosas que te dices a ti mismo. Si un amigo hubiera hecho justo tu trabajo dedicando las mismas horas, ¿le dirías que no lo ha hecho bien? ¿Qué tendría que haberse esforzado más? ¿Qué jamás llegará a nada? Si la respuesta es no, entonces no te lo digas a ti mismo porque no es cierto.
  • Mejor poco a poco, que mucho y perfecto. Procrastinar puede estarte sirviendo para reducir el malestar que supone trabajar cumpliendo con esas exigencias. Nadie querría ponerse a estudiar si lo que tiene que hacer es saberse a la perfección 30 temas. Organiza tu momento de estudio, planifica descansos y márcate objetivos realistas y concretos. Estudiar 15 minutos es mejor que si no estudias nada porque tu idea era estudiar durante 5 horas.

Recuerda que lo que pensamos de las cosas no tiene por qué ser la verdad objetiva y lo que llevamos haciendo toda la vida no tiene por qué ser la mejor forma de hacer las cosas. Si necesitas ayuda para poner en marcha estas pautas, te recomendamos que acudas a un profesional de la psicología que pueda ayudarte a gestionar tu situación personal.

Bibliografía

Rodríguez-Prada, C., Sanz-García, A. y Membrive, J. (2019). El síndrome del impostor: una perspectiva analítico-funcional.

Laura Casado Flores – Psicóloga Colaboradora de Dana Centro de Psicología

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