EL SÍNDROME DEL CUIDADOR

Los cuidadores informales son aquellas personas que se encargan de realizar las tareas de cuidado de las personas que no son capaces de realizar por sí mismas las actividades básicas de la vida diaria. Estas personas en su mayoría son familiares de la persona dependiente, especialmente las mujeres. Se caracterizan por no tener una formación específica en dicho ámbito, no reciben remuneración económica por el trabajo realizado y no tienen un horario estipulado, dedicando la mayor parte de su tiempo a la tarea del cuidado.

Es habitual que los cuidadores informales tengan un alto grado de compromiso hacia la tarea, relacionado directamente con el vínculo afectivo que se establece entre cuidador y dependiente.

El estrés, la fatiga y el agotamiento se producen como consecuencia de la lucha diaria para cuidar al dependiente, porque a menudo esta tarea genera la sensación de ausencia de control. Todo ello puede desembocar en el llamado “síndrome del cuidador quemado o burn-out”.

 

¿Cómo saber si estás desarrollando el síndrome del cuidador?

Existen una serie de signos tanto a nivel físico como emocional que indican un desgaste propio del síndrome del cuidador quemado.

Indicadores físicos

  • Te sientes agotado de forma permanente
  • Sufres dolores musculares, mareos, dolores de cabeza u otras molestias habitualmente
  • No descansas bien, tienes problemas para conciliar el sueño o no consigues dormir toda la noche de un tirón
  • Has perdido apetito
  • Ha aumentado el consumo de café, bebidas con cafeína o fumas más
  • Tomas medicamentos para dormir o para mantenerte despierto
  • Estás descuidando tu aspecto

Indicadores emocionales

  • Te sientes triste o enfadado con frecuencia
  • Sufres cambios bruscos de humor
  • Tienes sentimiento de culpa de forma habitual
  • Te preocupa el futuro y se asusta enfrentarte a tus problemas

Indicadores interpersonales

  • Te relacionas menos con tus amigos, familiares y compañeros
  • Tratas peor a las personas de tu entorno
  • Te enfadas con las personas a las que cuidas
  • Contestas de manera agresiva o estás más irritable
  • Estás más susceptible de lo normal

Indicadores motivacionales

  • Sientes que nada de lo que haces te llena
  • Has perdido el interés por aquello que antes te gustaba
  • Dejas las cosas para otro momento

Indicadores cognitivos

  • Te cuesta concentrarte y recordar algunas cosas
  • Rindes menos en el trabajo y sientes que no te cunde el tiempo

 

 

¿Cómo gestionar el síndrome del cuidador quemado?

Una vez identificados los síntomas, si hay indicios claros de este estado, se debe poner remedio lo antes posible. Prestad atención a algunas recomendaciones para combatirlo:

  • Pide ayuda: cuidar a una persona, en la mayoría de los casos, no es una tarea ligera. Conlleva cansancio físico y una importante carga emocional. Por eso es necesario compartir esa carga y pedir ayuda a familiares, compañeros o a otros profesionales que ayuden a sobrellevar lo que esa labor implica.
  • Saca tiempo para ti. Es importante dedicarse tiempo a uno mismo aparte del trabajo. La labor del cuidador puede resultar absorbente y agotadora mentalmente, por eso es crucial hacer otras actividades para desconectar de la rutina y preocuparse por uno mismo más allá del trabajo y de la persona a la que se atiende.
  • Practica ejercicio. La práctica habitual de ejercicio no es buena solamente para mantenerse en buena forma, sino también para despejar la mente, disfrutar del aire libre y conocer a otras personas.
  • Cuida tu vida social. Mantener el contacto con las personas de tu entorno, aunque cueste esfuerzo, es importante para relajarse y ser consciente de la realidad aparte del trabajo.
  • Descansa y come bien. Una dieta sana y equilibrada y al menos 8 horas de sueño son dos aspectos que pueden mejorar nuestro estado de ánimo y energía física notablemente.

En un futuro se debería investigar sobre nuevas herramientas y estrategias más eficaces tanto para la prevención como para el tratamiento del síndrome del cuidador quemado, para que de esta forma se puedan llevar a cabo de forma coordinada y multidisciplinar y se le ofrezcan al cuidador los mejores cuidados basados en la evidencia científica más actual.

 

Marta Carretero Rincones – Psicóloga Sanitaria Colaboradora de Dana Centro de Psicología

 

 

CULPA Y ACEPTACIÓN

La culpa puede aparecer a partir de distintas situaciones de la vida o puede formar parte de nosotros de una manera más cronificada a raíz de distintos aprendizajes de la infancia.

El concepto de culpa nos acompaña desde bien pequeños cuando decíamos o nos decían por ejemplo “es tu culpa”, “¿de quién ha sido la culpa?”… En realidad no estábamos hablando de culpa, sino de responsabilidad, que significa tomar crédito de nuestras acciones, mientras que la culpa es una emoción. Por sentimiento de culpabilidad se entiende un estado emocionalmente desagradable, que se produce después de una trasgresión y continúa hasta que se restaura algún tipo de equilibrio, siendo relativamente independiente que otros conozcan la razón que lo motivó.

Esto hace que hayamos utilizado la palabra culpa de manera errónea y como resultado esta permanece más tiempo del que debería e incluso se puede quedar estancada en nosotros. En este sentido es clave que entendamos nuestro diálogo interno y que lo orientemos hacía lugares que nos hagan avanzar.

Una de las situaciones en las que solemos encontrar la emoción de culpabilidad es en el duelo(entendiendo como duelo un fallecimiento, pérdida de pareja o trabajo…) y cuando la culpabilidad hace su aparición, nuestro proceso de duelo se ve ralentizado. Existe dolor dada la pérdida y probablemente nos podemos encontrar intentando evitar ese dolor creyendo que así solucionaremos el problema. En esta evitación del dolor solemos intentar pensar en cuestiones relativas a cómo podríamos haber hecho las cosas mejor; es decir,  pensando qué hubiera pasado. Entonces evitamos la aceptación a través de intentar buscar soluciones al problema en nuestra cabeza.

La aceptación y la culpa de alguna manera son contrarias. Si la aceptación fuese una persona y hablase diría “esto ha sido así y no lo puedo cambiar”, “acepto que esta persona no está aquí y voy a quedarme con este dolor, aceptando que esto no lo puedo cambiar”, “acepto que en algunas ocasiones no he actuado de la mejor manera”, “acepto que soy limitada, que he sido inmadura…”. Es decir, esta persona que habla en presente, se queda con la emoción que la situación le provoca, la navega.

Si la no aceptación hablase diría por su lado “si hubiera dicho esto las cosas hubiesen cambiado”, “si hubiera hecho esto no hubiera pasado lo que pasó”, “si hubiera estado más con ella…”. La no aceptación habla en subjuntivo (es un tiempo verbal referido a algo imaginario que no ha pasado, es lo contrario a aceptar). En este planteamiento en subjuntivo terminamos por rumiar, creyendo que estamos buscando soluciones u opciones que nos hubiera gustado que pasaran. Es aquí cuando aparece la culpa ya que no aceptamos la realidad que está sucediendo y crees que podrías haber cambiado algo. Una de las funciones de la falta de aceptación es darte esa sensación de solución, pero recordemos que estamos solucionando en un sitio imaginario que no existe y por eso es fácil que mantengamos la rumia, porque ninguna de las soluciones será suficiente. Mientras estemos en este sitio imaginario vamos a ser incapaces de aceptar, nos fustigaremos porque la culpa aparece y nos frustramos.

Otra situación donde solemos encontrar culpa es en niños adultizados, que tuvieron que encargarse emocional o físicamente de los demás cuando debería haber sido al revés. Y puede ser, que en ocasiones cuando no se pudieran hacer cargo se les reclamara el por qué no lo habían hecho. Esto hace que ya desde pequeños se plantee en nuestra imaginación un “¿y si hubiera hecho lo otro?” lo que nos devuelve a ese lugar en subjuntivo. Así, desde fuera nos hacían el refuerzo sobre la responsabilización. En este sentido la tarea de aceptación sería entender que los demás tienen que encargarse de su mundo, que los demás pueden fallar aunque para ello tengamos que verles sufrir sin hacer nada… Aceptar en definitiva que no es nuestra responsabilidad cambiar el mundo emocional de los demás, son ellos los que se deben responsabilizar de esa parte. El problema aquí es que hemos puesto a los demás por delante desconectándonos de nuestras propias necesidades emocionales sanas. Lo que podemos hacer es empezar a responsabilizarnos de nuestro propio mundo emocional y dejar de encargarnos de las emociones de los demás.

 

 

La base de la gestión de la culpa está evidentemente en nuestra gestión y regulación emocional. Parte del objetivo de la gestión emocional es no evitar las emociones porque es imposible, pero sí podemos gestionarlas. Gestionarlas significa sentir esa emoción de una manera más regulada y para ello es básico que entendamos las emociones que nos acompañan en el camino y cuál es su función y para ello puedes consultar el artículo de nuestro blog donde hablamos de validación emocional: https://www.psicologiadana.com/validacion-emocional/

 

Noelia González Viniegra – Psicóloga colaboradora de Dana Centro de Psicología

 

 

DUELO EN EL ÁMBITO ESCOLAR

Para continuar con el trabajo de comunicación de fallecimiento en menores comenzado por nuestra compañera Nerea, y que puedes revisar aquí, en esta entrada nos vamos a centrar en el proceso del duelo en el ambiente escolar.

Los menores en la actualidad pasan una gran parte de su día en el colegio o instituto, por ello es muy relevante que, desde el ámbito escolar se trabaje con los estudiantes después de haber sufrido un fallecimiento.

El centro educativo, es uno de los principales lugares donde los niños van a poner de manifiesto su proceso de duelo, y dónde, se podrá apoyar y acompañar al niño a lo largo de las diferentes fases.

Por esta razón, tras un fallecimiento de alguien cercano en la vida del menor, el centro debe conocer diferentes aspectos:

  • Quién es la persona que ha fallecido y su vínculo con el menor.
  • Cómo y dónde ha ocurrido el fallecimiento.
  • Qué conocimiento tenía el menor sobre ello.
  • De qué se ha informado al niño con respecto a la muerte.
  • Cuáles son los recursos que maneja la familia, en caso de necesitar recurrir a ellos (psicólogo, medicación…)

 

 

Vamos a centrarnos en los principales comportamientos, que los niños pueden demostrar a lo largo de su proceso de duelo, y que inciden directamente en el ámbito escolar, para que tanto padres como profesores puedan estar más atentos, sensibilizados y buscar ayuda si fuera necesario.

  • Problemas de enfado y agresividad: Igual que los adultos, los niños ante una perdida se sienten enfadaos con el mundo que les rodea en general. También este enfado, puede venir derivado de los cambios en las rutinas y en su día a día, lo que puede llevar incluso a que peguen a sus compañeros. Aunque entendamos de dónde procede esa frustración, se debe instar a buscar otras soluciones para el manejo emocional.
  • Problemas con las habilidades sociales y aislamiento: Los menores pueden sentirse diferentes de resto, cuando ha experimentado una perdida, por lo que pueden preferir quedarse solos a integrarse en los juegos grupales. Los adultos, debemos ayudar a reconducirles respetando sus tiempos, para que poco a poco vuelvan a integrarse. Este aislamiento del grupo social puede ser más agudo en la adolescencia y preadolescencia.
  • Ansiedad ante la separación: Ante una muerte, los niños pueden sentirse desprotegidos y temer que esta, se repita entre sus figuras de referencia, lo que hará que les sea difícil alejarse de sus figuras de apego. Esta ansiedad la observaremos, sobre todo, si presentan miedo a quedarse solos, si hacen preguntas sobre el bienestar de sus progenitores, así como si preguntan mucho a los profesores para estar cerca de ellos.
  • Dificultades en la atención, concentración y problemas de memoria: Esto suele ocurrir en niños a partir de los siete años, procesar un duelo es algo muy complejo y que requiere mucha energía y atención, que al estar puesta en procesos internos no se dedica a prestar atención en clase, o en las tareas cotidianas. Podemos ayudarles dividiendo las tareas en objetivos más cortos, ayudándoles y recordándoles que deben apuntar la tarea y exámenes, revisando si lo hace.
  • Somatizaciones: A lo largo de los días pueden tener distintas quejas de malestar físico, dolores de cabeza, de tripa, dificultades para respirar… los niños sienten malestar por lo que ha ocurrido, pero no tienen una causa médica. Pueden tener miedo de que les ocurra lo que le pasaba a la persona que ha fallecido, los adolescentes en concreto pueden volverse un poco más hipocondriacos.
  • Aumento de ansiedad y miedo: El fallecimiento de un familiar hace que los niños estén más nerviosos y angustiados, con miedo a que algo similar vuelva a ocurrir, lo que hace que puedan presentar conductas de comprobación continuas. Así mismo, les puede generar ansiedad y malestar lo que sus compañeros puedan pensar de ellos, por haber faltado o porque reciban algo más de atención, así como si los ven llorar o se tienen que ir de clase, es importante que normalicemos y tranquilicemos a los menores con la naturalidad de lo que está ocurriendo.
  • Llanto y tristeza: Al igual que los adultos tendrán días dónde lloren más o tengan muchos sentimientos de tristeza, es importante darles espacio para expresarlos y no castigarlos, diciéndoles que paren o que la persona fallecida no querría que estuvieran así.
  • Disminución del rendimiento académico: Esta es una consecuencia de lo anteriormente hablado, es importante explicarles a los niños lo que les ocurre y normalizarlo ya que si no pueden sentirse muy frustrados.

 

En conclusión, es muy importante que la comunicación entre el centro y las familias sea constante a lo largo de este proceso y no solo al inicio, ya que, de esa forma podremos acompañar mejor al menor e identificar todas las necesidades que pueda tener.

 

“Nadie me dijo jamás que el duelo se siente como el miedo”

C.S. Lewis

 

Ana Belén Somolinos – Psicóloga Sanitaria Colaboradora de Dana Centro de Psicología

EVITACIÓN EXPERIENCIAL

“Todos los intentos por hacer que algo sea menos doloroso, lo convierten en más doloroso”. Steven C. Hayes.

 

La evitación experiencial se define como un fenómeno que ocurre cuando una persona no está dispuesta a ponerse en contacto con sus propias experiencias privadas, como son los pensamientos, sentimientos, recuerdos, sensaciones corporales, tendencias de conducta… incluso cuando eso le ocasione dificultades de comportamiento a largo plazo, ya que intenta alterar la forma y la frecuencia de dichas experiencias y el contexto que las ocasiona.

 

Steve Hayes define dolor de presencia, con todo lo que está presente y que tu preferirías que desapareciera. Por ejemplo, imagínate que tienes ansiedad social; la ansiedad experimentada en situaciones en las que estás rodeado de otras personas es real y esta presente en el momento que la experimentas, puede que tú desees que desaparezca, sin embargo, la ansiedad persiste, aunque hagas muchos esfuerzos por eliminarla.

 

Por otro lado, tenemos el dolor de ausencia, referido a todas las actividades que harías si no tuvieses el dolor de presencia. Utilizando el ejemplo anterior de la ansiedad social, imagínate que valorases mucho el comprometerte con otras personas, pero tu miedo te impide conseguir hacerlo de una manera significativa y esa conexión con los demás que tanto deseas, nunca llega a suceder. Este dolor es considerado la cumbre de los dolores, el sufrimiento de los sufrimientos. No solo tienes que apañártelas con el dolor que está presente por tus pensamientos, emociones o sensaciones físicas, sino que también tienes que luchar con el dolor que produce tu propio dolor, ese que te impide vivir la vida que a ti te gustaría, y enfocarte en aquello que es importante y valioso para ti.

 

La evitación experiencial aumenta el dolor de presencia y a su vez es la fuente más importante de dolor de ausencia.

 

(Fuente: Adelaxd)

 

Para entender por qué ocurre esto, es importante tener en cuenta que esta estrategia se elabora a través del lenguaje.

El lenguaje apunta directamente a nuestras reacciones, no a las situaciones, lo que hace que sea imposible controlar el dolor a través del control de las situaciones, ya que cualquier situación se puede relacionar con el dolor, y de esa manera, se evoca.

En el mundo exterior, “si algo no te gusta, puedes imaginarte como echarlo de tu vida, y a continuación, echarlo de tu vida” puede funcionar, pero en nuestro mundo interior, la regla es muy diferente, sería “si no lo quieres, lo tendrás”. Por ejemplo, si no quieres sentir ansiedad, sentirás ansiedad, y cuanto más te resistas a sentir ansiedad, más ansiedad sentirás, lo que derivará en tener una vida cada vez más limitada.

 

¿QUÉ PODEMOS HACER?

  • En primer lugar, date un respiro:
    • Puedes enfrentarte a la posibilidad de que esas estrategias de evitación, no vayan a funcionar nunca. Tristemente los hechos muestran que el resultado obtenido es totalmente contrario a los propósitos perseguidos
    • Puedes sentir compasión hacia ti mismo, por todos esos intentos por controlar tu sufrimiento.
    • Puedes dejar de culparte por no haber conseguido que funcionasen esas estrategias de evitación.

 

  • En segundo lugar, trabaja la “respons-habilidad” de aceptar. Es importante diferenciar entre aceptar “responsablemente” y aceptar “respons-hábilmente”. Aceptar con responsabilidad implica culpa, mientras que responder con habilidad significa reconocer ser capaz de dar una respuesta, y no tiene nada que ver con la culpa. Tu dolor no es culpa tuya, el dolor acompaña al ser humano.

 

  • En tercer lugar, es momento de plantearse la posibilidad de que exista una alternativa a la que has tenido hasta ahora de luchar por controlar tus pensamientos y/o sentimientos. La intención es averiguar qué pasa cuando abandonas esa lucha.

 

Hay que tener en cuenta, que no es fácil, porque controlar es lo que la mente humana está preparada para hacer.

 

  • En cuarto lugar, hazte a la idea de que esa alternativa al control, puede ser frustrante, pero a pesar de ello, tu historia de vida, te demuestra que esa opción la elegir es la correcta, ya que las estrategias de evitación no han funcionado.

 

La alternativa a los inútiles esfuerzos por el control de pensamientos y sentimientos, requiere diligencia, honestidad, escepticismo, confusión y compasión por ti mismo.

 

 

No es sencillo el camino, ya que tu aliado más importante en él, es tu propio dolor. Pero piensa en todo el tiempo invertido en el control, en no enfrentarte, en evitar las vivencias negativas, y sopesa los resultados obtenidos… entenderás la importancia que puede tener hacer algo distinto y que merezca la pena.

 

Por último, te invito a leer una metáfora que resume y simplifica todo lo expuesto referente a la evitación experiencial:

 

 

Metáfora del tigre hambriento

Imagina que te despiertas una mañana y te encuentras, justo delante de tu puerta, a un adorable cachorrillo de tigre juguetón que está maullando. Por supuesto, metes al zalamero visitante dentro de casa y lo adoptas como mascota. Después de jugar con él un rato, observas que está maullando sin parar y, entonces, te das cuenta de que debe de tener hambre. Le das un trocito de filete rojo, ya que te imaginas que eso es lo que deben de comer los tigres. Haces la misma operación cada día y, día tras día, tu mascota de tigre crece un poquito más. Al cabo de un par de años, has tenido que cambiar la dieta de pedacitos de hamburguesa para tu tigre y ahora le estás dando costillares enteros y mitades de buey. A cambio, él te ruge ferozmente en cuanto siente que es la hora de comer. Tu astuta linda mascota se ha vuelto una bestia salvaje incontrolable, dispuesta a destrozarte si no consigue lo que quiere. La lucha con tu sufrimiento se puede comparar a esta mascota imaginaria de tigre. Cada vez que le das más poder a tu dolor alimentándolo con la carne roja de la evitación experiencial, ayudas al tigre de tu sufrimiento a crecer un poco más. Darle de comer de esa manera parece la mejor opción: El tigre de tu sufrimiento ruge ferozmente advirtiéndote que tienes que alimentarlo con lo que quiere o, si no, te comerá a ti. Pero, cada vez que le das de comer, contribuyes a que tu sufrimiento se vuelva más fuerte, más intimidatorio y a que tenga mayor control de tu vida.

 

La evitación experiencial no es un proceso intrínsecamente patológico, lo es cuando esta acaba limitando a las personas a hacer lo que realmente quieren en su vida.

 

 

Bibliografía:

  • Hayes, S. C. (2013). Sal de tu mente, entra en tu vida. La nueva terapia de aceptación y compromiso. Nevada: Desclée De Brouwer.
  • Wilson, K. G., & Luciano Soriano, M. C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Madrid: Pirámide.

 

 

Isabel López Garvía – Psicóloga sanitaria colaboradora en Dana Centro de Psicología

 

 

 

 

 

INFERTILIDAD Y CONSECUENCIAS EMOCIONALES

La infertilidad es una circunstancia o acontecimiento inesperado que puede alterar el estado de salud física y psíquica de las personas que lo padecen. Según los expertos, puede considerarse un estresor de sobrecarga crónica porque se convierte en una preocupación que implica frecuentes visitas al médico, programación de relaciones sexuales y una vigilancia constante.

Por tanto, para entender la infertilidad en su totalidad es necesario tener en cuenta las consecuencias emocionales que conlleva.

El diagnostico supone para muchas personas una crisis vital importante ante el no cumplimiento del deseo de ser padres; como consecuencia, la pareja tiene que replantearse su plan de vida, tomar decisiones importantes como renunciar a ser padres, someterse a tratamientos de fertilidad, adopción, etc.

A este punto hay que añadirle el hecho de que socialmente todavía existen muchos mitos acerca de la infertilidad. Por ejemplo en hombres se relaciona con falta de virilidad; y en el caso de las mujeres la esterilidad se ha entendido tradicionalmente como un castigo, considerándose a estas mujeres fisiológicamente inferiores. De este modo, la infertilidad se convierte en un tema tabú perpetuando el mito y favoreciendo el aislamiento social y los sentimientos de soledad, así como la culpa, insuficiencia, ansiedad, depresión y problemas en la relación de pareja.

En lo referente al aislamiento social, es común evitar reuniones con allegados por sentimientos de vergüenza e inferioridad o para evitar preguntas referidas a la maternidad/paternidad. Esto provoca sentimiento de soledad y la pérdida gradual de reforzadores externos.

La culpa es una de las emociones más frecuentes y puede generar pensamientos tales como que “mis comportamientos anteriores han causado el problema”, “mi actividad sexual previa ha sido la causante”, etc. A esta emoción se le suma en muchas ocasiones el lamento por haber usado anticonceptivos antes de saber el diagnóstico.

En relación a la ansiedad, ésta viene derivada de la incertidumbre propia de la infertilidad al no conocer el futuro y anticiparlo de forma negativa en  muchas ocasiones, afectando a la adaptación al problema o a la toma de decisiones

En consecuencia, es muy frecuente el sentimiento de ver desbordadas las propias habilidades de afrontamiento, tanto en el momento del diagnóstico como si se decide comenzar un tratamiento de fertilidad.

En este último caso, si la pareja decide optar por un tratamiento médico para conseguir el embarazo, hay que tener en cuenta que la carga emocional no desaparece si no que muchas veces es mayor debido a las características inherentes a estos tratamientos. En primer lugar porque son tratamientos muy largos cuando el factor tiempo para muchas personas es muy relevante; y en  segundo lugar por la sensación subjetiva de pérdida de control.

La repetición del tratamiento como consecuencia del fallo de los anteriores produce impotencia, que deriva en expectativas anticipadas de fracaso, haciendo que la persona se vea en un dilema entre el deseo de ser madre o padre y la experiencia de fallos en el tratamiento. Además, los repetidos intentos intensifican la angustia y la desesperanza.

 

 

Todas estas alteraciones emocionales conllevan sentimientos de malestar intenso que pone de manifiesto la necesidad de actuar desde el plano psicológico junto con otros profesionales de la salud para mejorar la calidad de vida de las personas. Sin embargo, debido a la concepción de la infertilidad como un tema tabú, hasta ahora muchas personas, especialmente mujeres, lo han afrontado en soledad intensificando en consecuencia sentimientos de culpa o vergüenza. Es por eso que compete a la psicología el abordaje de las dificultades emocionales comentadas anteriores con el objetivo de disminuir el estrés asociado a la infertilidad y sus tratamientos.

 

 

Marta Marín Pérez.

Psicóloga colaboradora de Dana Centro de Psicología

LA VUELTA A LA RUTINA

¡Hola a todos/as!

Con esta primera entrada del mes de septiembre os queremos hablar de la vuelta a la rutina. A pesar de que el ocio y el disfrute del verano y las vacaciones es algo que a todos nos gusta, es cierto que hay muchas personas que al final del verano ya echan de menos volver a la rutina, a la estabilidad de cada día.

Seguro que más de uno/a de vosotros/as de pequeño/a también sentía ilusión y ganas de volver al cole. Ese momento de reencontrarse con los/as amigos/as, de estrenar libros, de afrontar lo nuevo que vendría en el curso por delante, de retomar actividades, etc.

Tanto es así, que para muchos, el mes de septiembre sigue siendo ese “ inicio de año/curso” , incluso frente al 1 de enero. Y es que: volvemos de las vacaciones de verano, pasamos del verano al otoño, septiembre siempre ha sido el mes de “la vuelta al cole”, de nuevos propósitos y proyectos, etc.

Nos pasamos el año esperando las vacaciones, y cuando están a su fin, es muy común que nos pasemos los días que quedan lamentándonos de que ya se terminan. Y eso hace que nunca acabemos de disfrutar del todo muy probablemente.

Con el inicio de este mes es muy común ponernos unos objetivos, a veces, inalcanzables, exigencias en cuanto a horarios, límites, “obligaciones”…Puede que a priori nos sirvan para organizarnos, pero, ¿por qué no vamos poco a poco?

 

PAUTAS SENCILLAS QUE PUEDEN AYUDARNOS:

 

  • Buscar momentos para el trabajo y para tu tiempo libre/ ocio.
  • Regular los horarios de sueño: en verano, flexibilizamos las horas, ahora, poco a poco, intenta recuperar el horario de trabajo con horas de descanso.
  • Ejercicio físico: trata de establecer o recuperar costumbres que supongan hacer ejercicio físico conforme lo dejaste antes de las vacaciones o propóntelo como nuevo objetivo (caminar, correr, bici, gimnasio, alguna actividad…).
  • Recuperar o establecer hábitos saludables de alimentación.
  • Organizar la agenda y establecer prioridades: trabajo, colegio, ocio… Es importante aprender a distinguir entre “lo urgente” de “lo importante”.

 

 

Los cambios, en general, pueden costarnos. Para ello, es necesario cierta FLEXIBILIDAD.

 

Necesitamos un tiempo para adaptarnos a los distintos contextos que se nos plantean. Este momento puede ser uno de ellos, paciencia, no todo llega de inmediato y en cuestión de unos días estamos de nuevo “en la rueda” de la rutina que a veces tanto “odiamos”, pero, que tanta estabilidad nos proporciona.

 

Mireya Martín Manzano – Psicóloga Sanitaria colaboradora de Dana Centro de Psicología