AUTOESTIMA: DE LO QUE TODOS HABLAMOS

“Es que tengo la autoestima baja”, “me quiero muy poco”. Seguro que todos hemos escuchado esta frase o similares alguna vez, ¿verdad? Pero… ¿qué es realmente la autoestima?, ¿a qué nos referimos exactamente?

 

Autoestima, ¿qué es?

La autoestima podríamos definirla como el conjunto de percepciones, pensamientos, juicios y afectos sobre uno mismo. Influye en todos los aspectos de nuestra experiencia y es algo que cambia a lo largo de nuestra vida.

Para hablar de autoestima y de su desarrollo, tenemos que hablar de unos conceptos que están muy relacionados:

Desde que somos pequeños, nuestras figuras de referencia nos aportan afecto y cuidado, vamos creciendo en un entorno en el que nos sentimos seguros. El ser humano, cuando nace, está totalmente desprotegido, si lo pensamos cualquier animal al nacer se vale por sí solo, pero en las personas no ocurre esto; por tanto, necesitamos ser cuidados. Según vamos creciendo, vamos a ir viviendo distintas experiencias y aprendizajes, es decir, vamos adquiriendo autonomía, somos capaces de hacer cosas de forma independiente.

Cuando somos capaces de hacer cosas, nos empezamos a percibir como competentes. Es aquí donde entra en juego el autoconcepto: el concepto de nosotros mismos. Esta identidad personal es la que nos permite diferenciarnos de los demás y establecer relaciones interpersonales con ellos. Ninguna persona es neutral, y el autoconcepto se va formando a lo largo de nuestro desarrollo y engloba aquellos aspectos que tienen un valor positivo (cualidades) y aquellos aspectos con valor negativo (aspectos a mejorar).

El concepto de sí mismo está en la base de la autoestima. Ésta consiste en la suma de juicios, valores, pensamientos y afectos que una persona tiene de sí misma; en todos los aspectos de nuestra experiencia y se expresa en nuestra manera de ser y estar, de actuar y de relacionarnos.

Como vemos, la autoestima es algo más complejo y engloba mucho más de lo que nos podemos imaginar a simple vista. Desgraciadamente no existen “píldoras mágicas” para incrementar nuestra autoestima y sentirnos bien con nosotros mismos de forma automática, sino que esto requiere de un trabajo por la persona, porque no es algo simple, si no como vemos, es algo que afecta a todas las esferas de nuestra vida y se traduce en definitiva en cómo somos, cómo actuamos y cómo nos relacionamos.

 

Formas de expresar una alta autoestima

La persona…

  • Confía en sí mismo y en sus capacidades.
  • Confía en su propio criterio, incluso cuando es cuestionada por otras personas.
  • Actúa con seguridad.
  • Busca soluciones ante las situaciones problemáticas.
  • Se hace responsable de sus actos, y si se equivoca, lo reconoce e intenta aprender del error.
  • Tiene capacidad de autocontrol.
  • Es abierta y flexible con los demás.
  • Se esfuerza y es constante.
  • Muestra sus emociones (agradables y desagradables).
  • No se siente incómoda al reconocer sus logros ni sus defectos o errores.
  • Conoce sus capacidades y limitaciones.

 

Mireya Martín Manzano – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

 

EL CÍRCULO VICIOSO DE LA DEPRESIÓN

El concepto de depresión es un término muy utilizado, no nos resulta extraño escuchar a alguien decir “estoy deprimido” o “estoy en una situación deprimente”, pero la depresión va más allá de un simple estado de tristeza o apatía, encontramos alteraciones del sueño, del apetito, falta de energía, dificultad para concentrarse, pensamientos negativos… Y si tenemos a alguien en nuestro entorno en esta situación nos resulta muy complicado ayudarle a salir de ese estado. Veamos cuál es la trampa de la depresión para entender qué factores mantienen a una persona enredada en ella.

 

Si nos fijamos en el esquema, vemos cómo cada uno de los factores se retroalimenta entre sí. Los pensamientos que solemos encontrar giran en torno a una visión negativa de sí mismo “no sirvo para nada” o “soy un estorbo”, de su mundo “a quién le voy a contar, bastante tienen los demás con lo suyo” y del futuro “nunca voy a salir de esto”. Estos pensamientos influyen en nuestro estado de ánimo haciendo que nos sintamos más deprimidos, así como influyen en nuestra predisposición a participar en diferentes actividades. Cuando el estado de ánimo va siendo progresivamente más bajo hace que se abandonen aquellas actividades que antes nos resultaban agradables.

El problema añadido es que, al dejar de hacer aquello que nos gusta, por la tristeza y apatía, dejamos de recibir la satisfacción que antes nos producían aquellas actividades (sentirnos parte de un grupo, confianza, risas, nuevas experiencias…), por lo que nosotros mismos facilitamos un mayor deterioro de nuestro estado de ánimo, sintiéndonos todavía más tristes y deprimidos.

Cuanto más deprimido se está y cuántas más actividades agradables o placenteras se han abandonado, más pensamientos negativos acuden a nuestra cabeza. Es decir, cuando más deprimido se está y menos se disfruta con lo que se hace más malestar se siente.

 

 

¿Cómo romper el círculo vicioso?

Tras ver cómo se mantiene el estado depresivo, podemos poner en marcha diferentes herramientas que nos ayudan a salir de él.

Es importante analizar cómo los pensamientos nos limitan, en los casos más leves de depresión aún los pacientes tienen la capacidad de detectar esta tendencia a centrarse en los aspectos negativos, pero a medida que la depresión se va agravando a la persona le resulta más complicado darse cuenta de cómo estos pensamientos suponen un problema para su estado de ánimo.

Progresivamente habrá que retomar aquellas actividades que en el pasado nos resultaban placenteras, a pesar de que en este momento no nos parezcan tan atractivas o no lleguemos a disfrutar como antes. Dedicar tiempo a los amigos que hemos podido dejar a un lado, haciendo actividades en grupo o con una sola persona de nuestra confianza. Retomar, si lo hemos abandonado, el aseo y cuidado personal.

Realizar un plan diario con los momentos que vamos a dedicar al descanso, a obligaciones y disfrute; esto nos ayudará a ver los progresos que vamos haciendo y darnos cuenta de la capacidad que tenemos para hacernos cargo de nuestras responsabilidades y de continuar disfrutando.

Si tras varios intentos la persona no consigue ver mejoras en su estado de ánimo, es recomendable ponerse en manos de un profesional que le ayude a detectar dónde está la dificultad y cuáles son las herramientas que le faltan para poder ver progresos.

 

Con frecuencia una alegría improvisada vale más que una tristeza cuya causa es verdadera”

René Descartes

 

María Hernández García – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

¿EXPECTATIVA O REALIDAD?

“Hoy es nuestro aniversario, hace unos meses que tenemos una mala racha y parece que ya nunca volveremos a ser como antes, echo de menos como me cogía de la mano mientras paseábamos por la calle, y cuando íbamos al cine para pasar las tardes de invierno. Sé que está intentado hacer esfuerzos por acercarse a mí. Seguro que esta noche viene y me dice que me quiere al oído.”

“Llevo cinco años en la empresa, me gusta mucho mi trabajo, disfruto aprendiendo cada día y viendo como evoluciono. Hay días en los que, si es necesario, me quedo más tiempo del debido para poder acabar lo que estoy haciendo, y no me importa porque realmente es lo que tengo que hacer. Quizás con el tiempo me gustaría poder alcanzar otras metas, como conseguir nuevas responsabilidades, dirigir equipos y poder seguir probándome.”

“¡Qué ganas de que lleguen las vacaciones y poder desconectar de todo esto que me rodea!”

 

Pensamiento a futuro ¿para qué…?

Estos tres ejemplos son algunos pensamientos que nos pueden venir a nuestra cabeza en momentos cotidianos de nuestro día a día, y todos ellos se relacionan con el pensamiento a futuro y las famosas expectativas, pero ¿quién no se ha visto en una situación parecida en algún momento?

La principal diferencia entre los humanos y el resto de animales es la capacidad de poder imaginar situaciones que aún no nos han acontecido y estimar una probabilidad de que vayan o no a suceder.

Esto lo descubrieron los primeros hombres cuando guardaban las brasas del fuego para poder espantar a los depredadores o cuando cultivaron los primeros campos para tener alimento en tiempos de escasez. Este tipo de conductas les ayudaban a sobrevivir, a sentirse seguros y a saber que, al menos, iban a estar vivos un día más. Ahora los tiempos han cambiado, ya no necesitamos guardar las brasas o tener una parcela de tierra que cultivar, lo que sí necesitamos es tener un supermercado más o menos accesible o un trabajo estable que nos permita pagar nuestras facturas a final de mes.

En definitiva, situaciones que nos ayudan a sobrevivir en nuestro entorno, sentirnos seguros y saber que, al menos un día (o dos), vamos a poder seguir respirando. Y esto es gracias a nuestro pensamiento a futuro y a nuestra capacidad de anticipación ante posibles dificultades o problemas.

¿Pero cómo se relaciona esto con las expectativas?

 

La comparación

Imagínate que vas andando por la calle y te paras frente  a un escaparate. En ese escaparate hay un jersey y en ese momento recuerdas el frío que pasaste la noche anterior cuando volvías a casa. Hace mucho que no te das un capricho y el jersey es bastante bonito. Pero hay un problema, no está el precio, por lo que vas a tener que entrar en la tienda y preguntar.

Tu cabeza hace una aproximación sobre su posible precio y se fija en detalles como la tela del jersey, la tienda en la que estás… y el cálculo que realizas le pone un precio de 45€.  Miras tu cartera y tienes un billete de 50€ por lo que todo parece que, a priori, encaja.

Entras a la tienda, vuelves a mirar el jersey, realmente es muy bonito y te vendría bien con tu pantalón vaquero favorito. Te acercas al dependiente y te dice que el jersey que está en el escaparate cuesta 30€ ¡qué bien! Es más barato de lo que pensabas, incluso con esos 15€ de diferencia puedes irte a tomar algo después.

La situación anterior es la ideal, pero ahora vamos a poner otro ejemplo. En esta ocasión pasas por el escaparate y una vez más estimas que el precio del jersey es de 45€ y tienes en tu cartera 50€. Entras a la tienda y buscas a la persona que trabaja allí. La chica se da la vuelta y muy educadamente te dice que el jersey cuesta 68€. ¿Cuál es tu reacción? Posiblemente, después de eso le darías las gracias y te marcharías de la tienda. ¡Es demasiado caro!

Ahora bien, ¿el jersey es el mismo en las dos ocasiones? La respuesta es sí. Lo único que ha cambiado es el cálculo subjetivo que hemos hecho sobre su valor.

 

Cuando el jersey es una persona o algo que esperamos

Al igual que a un jersey le ponemos precio, realizamos la misma operación mental para dar valor a personas o situaciones en nuestra vida. Y al igual que con el jersey, si el cálculo mental que hacemos es peor que la realidad, nos pondremos contentos y compraremos el jersey. Y a la inversa, si el cálculo que hacemos es superior a lo que sucede después, nos llevaremos una decepción (más o menos grande según la situación). Pero el jersey seguirá siendo el mismo, lo que cambia es nuestra interpretación.

Damos valores subjetivos a personas o situaciones que nos gustaría o creemos que van a pasar en base a lo que estimamos correcto o probable dentro de nuestro propio sistema de valores.

 

¿Qué está en nuestras manos para cambiar?

El cálculo mental de expectativas es casi automático, por lo tanto, es difícil pelear contra ello. Lo que sí está en nuestras manos es realizar pequeñas acciones personales que nos ayuden a aumentar la probabilidad de que eso que queremos que pase realmente suceda. Recuperando los ejemplos del inicio, podemos mandarle un mensaje a nuestra pareja recordando el aniversario, trabajar duro en nuestro trabajo o desconectar el móvil cuando estamos de vacaciones.

 

Laura Rumoroso Revilla – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

EMOCIONES, TODAS NECESARIAS

¿Qué son las emociones?

Nos podemos remontar a la Teoría de la Evolución de Charles Darwin (1859) para hablar de la importancia de las emociones, y es que éstas desempeñan unas funciones fundamentales:
⦁ Son adaptativas: nos ayudan a sobrevivir en el medio en el que nos encontramos.
⦁ Nos mueven a acercarnos a lo que es beneficioso o a evitar lo que es perjudicial para nosotros.
⦁ Y sirven de lenguaje para comunicarnos con los demás, ya que facilitan la relación interpersonal, la creación de lazos emocionales y nos permiten anticipar y adaptar nuestra conducta.
Los seres humanos necesitamos expresar nuestras emociones y lo hacemos en estrecha vinculación con el contexto. Además de ser actores sociales, somos participantes culturales, y las normas y los valores de nuestra cultura actúan como criterios de referencia.
Las emociones modulan la toma de decisiones, ya que, tienen un papel relevante a la hora de determinar nuestras metas, en base a lo que nos agrada o nos desagrada, de tal forma que, si no somos capaces de reconocer cómo nos estamos sintiendo, no estaremos utilizando información del todo valiosa, de ahí que la gestión emocional se convierta en algo fundamental para el bienestar de la persona.

Ahora bien, ¿cuáles son?

Es muy común que si alguien nos pregunta “¿qué tal estás?” Respondamos algo tipo “bien”, “mal” o “normal”. Pero… ¿qué información nos proporciona este tipo de respuestas? Una adecuada gestión emocional incluye la identificación y la expresión, ya que, por ejemplo, no es lo mismo estar “triste” que estar “enfadado”.
Las emociones cambian, crecen, oscilan, viajan y se relacionan entre ellas. Hoy, tenemos un vocabulario muy rico, por tanto, podemos encontrar un amplio espectro emocional. Aquí os dejamos una ayuda: La ruleta de las emociones.

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Pero lo que es importante es que NO hay emociones “buenas” ni emociones “malas”, todas son necesarias y sin ellas, directamente no podríamos vivir.
La tristeza, el miedo o el enfado no son emociones “negativas”, cada una de ellas nos es útil. Por ejemplo, la tristeza nos permite recibir apoyo social o recoger fuerzas para hacer frente a una pérdida, con el miedo podemos atender a una situación temida y/o nos facilita evitar o escapar, y, por último, el enfado nos puede servir para poner límites a una situación de amenaza o pedir cambios.
Esto son algunos ejemplos, pero, en definitiva, todas las emociones surgen por y para algo.
Entonces… ¿por qué negamos estar tristes?
Muchas veces, el bloqueo de las emociones puede ser un mecanismo para protegernos, pero cuando las emociones desagradables son intensas, duran mucho tiempo o sentimos que no tenemos el control sobre ellas, tendemos a negarlas y evitarlas. Así, si nuestro objetivo es que esa emoción desaparezca, vamos a conseguir el efecto contrario, que es amplificar ese malestar.
Cuanto más nos empeñamos en ser felices y en sentirnos bien, más nos alejamos de nuestro objetivo. Cuando en realidad, lo más beneficioso es aceptar todas las emociones que experimentamos y, por tanto, vivirlas.

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Imagen tomada de @domm_cobb

“¿Cómo expresarlo si no duele, si nada ni nadie despierta sentimiento alguno? Muchas veces desearíamos vivir así, al menos un momento. Ser inertes ante las sensaciones que provocan ciertas circunstancias, pero sólo eso, unos instantes, porque ni sabemos ni podemos vivir sin sentir nada”.

 

Mireya Martín Manzano
Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

CÓMO FUNCIONA EL MIEDO

¿Qué es el miedo y cuál es su función?

El miedo es una emoción adaptativa del ser humano que nos permite reaccionar ante un peligro y sobrevivir desencadenando las respuestas de lucha o huida. Se trata de una emoción muy rápida e intensa, ya que el organismo ha de reaccionar de forma inmediata y contundente y, por este motivo, nos resulta tan aversivo. Ya que, según lo explicado en la Teoría de la Selección natural de Charles Darwin, solo sobreviven los que mejor se adaptan al entorno y el entorno está lleno de peligros.

Gracias a nuestra historia de aprendizaje, vamos aprendiendo a prevenir situaciones de riesgo, a no enfrentarnos a peligros innecesarios y desarrollamos estrategias para defendernos de aquello que pueda suponer un riesgo. En términos algo más técnicos, gracias al condicionamiento clásico (Pavlov) el cerebro “categoriza” los peligros para responder rápidamente y por condicionamiento operante (Skinner) evitamos o escapamos de aquellas situaciones desagradables que comprometen nuestra integridad física.

Reacción física ante un peligro (real o percibido)

Cuando nuestro cerebro identifica un peligro, envía señales al resto de cuerpo para que se active de forma inmediata y poder luchar o huir. A continuación, detallaremos los síntomas más característicos del miedo y la ansiedad y la explicación de por qué suceden:

  • Palpitaciones: El corazón es el órgano que bombea la sangre, en el caso del miedo principalmente a los músculos, por lo que aumenta la frecuencia de latido cardíaco.
  • Hiperventilación: los músculos necesitan oxígeno para funcionar bien y al respirar muy rápida e intensamente, generamos un exceso de oxígeno que el cerebro trata de equilibrar con el dióxido de carbono enviándonos sensación de ahogo para que paremos de respirar de una forma tan intensa.
  • Temblor: se debe a la tensión muscular necesaria para poder luchar o huir.
  • Mareo: aparece debido a la hiperventilación, el envío de sangre a las piernas y a la tensión de la zona cervical.
  • Sudoración: ante una respuesta tan rápida e intensa, el cuerpo consume gran cantidad de energía que genera calor. El sudor es nuestro sistema de refrigeración.
  • Desrealización: la sangre se destina a los músculos, no llegando tanta cantidad al cerebro, por lo que las funciones cognitivas se ven mermadas.
  • Visión borrosa o visión túnel: las pupilas se dilatan para percibir lo antes posible el peligro.
  • Náuseas y diarrea: los recursos no se destinan al aparato digestivo, ya que no es necesario para responder ante el peligro. Además, el exceso de alimento o de peso, nos hace ser más lentos, por lo que el cuerpo trata de deshacerse de ello.

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Cuando el miedo se convierte en un problema

El miedo es adaptativo siempre que cumpla su función de garantizar la supervivencia. Sin embargo, cuando el miedo es demasiado intenso ante situaciones no tan graves o se mantiene demasiado en el tiempo, aparece lo que denominamos ansiedad, que puede presentarse en forma de fobias (reacción excesiva ante determinados estímulos- animales, lugares cerrados, etc-), de ansiedad generalizada (alerta constante y percepción continua de peligros), de crisis de ansiedad (reacción muy potente ante situaciones que no son peligros objetivos) y de Trastorno Obsesivo Compulsivo (conductas –compulsiones- destinadas a dejar de sentirnos mal por ideas irracionales que nos causan intenso miedo o malestar –obsesiones-).

Cuando el miedo o la ansiedad se convierte en parte de nuestro día a día, empezamos a sentir importantes limitaciones, ya que ese malestar constante no nos permite hacer todo lo que debemos o nos gustaría y nos hace que cada vez estemos más aislado o condicionados. Cuando los síntomas asociados al miedo se convierten en habituales y sentimos que no podemos hacer nada para que desaparezcan, es el momento de pedir ayuda profesional.

La labor del psicólogo en el tratamiento del miedo y la ansiedad

Desde la perspectiva cognitivo-conductual conocemos a la perfección cuáles son las causas que generan el miedo y qué variables las mantienen. Una vez identificado el origen y mantenimiento de la ansiedad, se ponen en práctica una serie de técnicas de gran eficacia demostrada científicamente, como son la psicoeducación, la exposición, las técnicas de relajación y de control de pensamiento. Con la aplicación de estas técnicas, enseñamos al paciente a enfrentarse a sus miedos y a que dejen de considerarse como tal, pero siempre facilitando este proceso con estrategias para bajar activación o para interpretar las situaciones de una manera racional y ajustada. Aquí es importante señalar, que el tratamiento de la ansiedad tiene que estar siempre supervisado por un profesional en la materia, ya que la aplicación de estas técnicas sin la experiencia y conocimiento suficiente puede resultar contraproducente empeorando la situación.

A modo de conclusión podemos decir que, puesto que es necesario para la supervivencia, no podemos dejar de sentir miedo, pero sí depende de nosotros de qué manera nos enfrentamos a este miedo. Aquí citamos a Aristóteles  que en su Ética a Nicómaco dijo: “No es valiente quien no teme nada (en este caso sería un temerario, un insensato), sino quien aprende a enfrentarse a sus miedos y a superarlos”.

CÓMO SER ASERTIVOS

La asertividad se define como aquella habilidad social que nos permite comunicar nuestro punto de vista desde un equilibrio entre un estilo comunicativo pasivo y un estilo agresivo. Por lo tanto, la asertividad es la capacidad de comunicar y defender nuestros derechos e ideas respetando a los demás.

Ser asertivo no es sinónimo de “tener razón”, sino de saber que se puede estar equivocado y, aun así, mantener la calma y saber expresar nuestro punto de vista respetando y entendiendo el de los demás hasta conseguir llegar a un acuerdo o resolver un problema.

Situarse en el extremo pasivo o agresivo, es decir, no ser asertivo, hace que la persona sea ineficaz socialmente al no conseguir comunicar su punto de vista, lo que le molesta o lo que quiere, afectando esto de forma directa a la autoestima y el bienestar.

¿QUÉ SON LOS ESTILOS COMUNICATIVOS PASIVO Y AGRESIVO?

Como se ha indicado en el apartado anterior, tanto si nos situamos en el extremo pasivo como si lo hacemos en el agresivo, no somos asertivos.

El estilo de comunicación pasivo se caracteriza por un comportamiento sumiso, en el que la persona antepone el bienestar de los demás al propio, quedando a merced de los deseos, órdenes o instrucciones del resto. El objetivo principal de este tipo de comportamiento es la evitación de problemas con el otro. Estas personas muestran inseguridad, escasa ambición y pocos deseos y principios.

Por el contrario, una persona que se caracteriza por un estilo comunicativo agresivo es aquella que se hace fuerte a costa de la debilidad de los otros, es decir, cuanto más pasivo es el interlocutor, más agresivo se vuelve, se reafirma. Estas personas defienden en exceso sus derechos y opiniones sin tener en cuenta los de los demás. Este comportamiento se caracteriza por la prepotencia, el orgullo y el menosprecio hacia los otros.

Tanto el estilo comunicativo pasivo como el agresivo no son funcionales y generan estrés. El sujeto pasivo siempre estará a disposición de los demás y a la expectativa de lo que pueda pasar sin ningún tipo de control sobre la situación. Por otra parte, el sujeto agresivo siempre encontrará la ocasión para discutir, por lo que nunca logra estar tranquilo y en equilibrio.

VENTAJAS DE LA COMUNICACIÓN ASERTIVA

Los beneficios de poseer un estilo de comunicación asertivo son los siguientes:

  • Búsqueda de soluciones: el objetivo de la conducta asertiva no es el enfrentamiento ni el desahogo, sino el planteamiento de un problema para buscarle solución. Debido a esto, la persona asertiva es más resolutiva y funcional en su día a día.
  • Sensación de control: abordando aquello que nos preocupa o no nos gusta y demandando aquello que deseamos, adquirimos mayor control sobre nuestro entorno y sobre nosotros mismos.
  • Buena autoestima: tomar las riendas, conocer y defender aquello que queremos y poner límites, nos hace sentirnos mejor con nosotros mismos y tener una autoestima elevada.
  • Mejora las relaciones interpersonales: una comunicación clara, eficaz, honesta y respetuosa fomenta interacciones más sanas.

¿CÓMO SER ASERTIVOS?

La asertividad es un comportamiento que se aprende. Para ser asertivo debemos poner en práctica los siguientes puntos:

  • Decir no: habrá veces en las que no estemos dispuestos o disponibles para hacer aquello que nos piden. En estos casos, debemos saber decir NO sin sentir culpa y sin miedo al rechazo, ya que si lo hacemos de manera considerada el otro no debería molestarse. Al principio, si no estamos acostumbrados a hacerlo, decir no puede suponer algo de ansiedad, pero poco a poco y con la práctica iremos adquiriendo el hábito y esa ansiedad irá descendiendo hasta desaparecer.
  • Empatizar no es lo mismo que dar la razón: ser asertivo implica tanto exponer y defender nuestras opiniones, como respetar y escuchar las de los demás. Pero, que escuchemos al otro, no es sinónimo de darle la razón o estar de acuerdo con todo lo que expone.
  • Buscar el momento adecuado: Para trasladar a otra persona nuestros deseos u opiniones, debemos asegurarnos su atención. Para esto, es necesario buscar el momento adecuado: a solas, con control emocional, sin prisa, etc. De esta manera, nuestro comportamiento asertivo resultará más funcional.
  • No generalizar: Si queremos cambiar algo de nuestro entorno o de aquellos que nos rodean, debe quedar claro aquello que buscamos. Si dentro de una crítica no somos claros y generalizamos, no conseguiremos nuestro objetivo. Por ejemplo, si queremos que nuestro compañero de piso recoja todos los días su ropa, le diremos exactamente “me gustaría que todas las mañanas dejes tu ropa recogida” y no “¡eres un desastre!”. Si le pedimos que recoja la ropa entenderá claramente aquello que nos molesta y qué es lo que debe hacer para que estemos mejor, de la segunda manera, solo se sentirá ofendido y probablemente contraataque con poca o ninguna probabilidad de cambio en el futuro.
  • Exponer lo que ocurre claramente: Para que nuestra crítica sea efectiva, debemos poner a nuestro interlocutor en contexto, es decir, explicarle qué ocurre, cuándo y dónde. De esta manera, entenderá perfectamente cuál es la situación que nos desagrada y deseamos que cambie.
  • Explicar cómo me siento: Este punto es básico para fomentar que la otra persona empatice con nosotros. Le diremos cómo nos hace sentir la situación en la que nos encontramos, para que entienda cómo nos afecta y aumente la voluntad de cambio pensando en nuestro bienestar.
  • Dar alternativas de solución: Siempre que demandemos algo, es recomendable decir exactamente cómo queremos que cambien los comportamientos del otro o la situación. Cada uno tenemos una forma de ver las cosas, por lo que dejar a la imaginación o decisión de la otra persona los cambios que nosotros esperamos, puede provocarnos una importante frustración al no conseguir aquello que buscábamos.

 

Terminamos este artículo con una frase para reflexionar en referencia a nuestros derechos asertivos:

“Si sacrificamos nuestros derechos con frecuencia, estamos enseñando a los demás a aprovecharse de nosotros” P. Jakubowsky.