¿QUÉ ES LA INTELIGENCIA EMOCIONAL?

“En un sentido muy real, todos nosotros tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra mente que siente, y estas dos formas fundamentales de conocimiento interactúan para construir nuestra vida mental”.  Daniel Goleman

 

En la actualidad, una de las cosas más frecuente con la que nos encontramos los psicólogos en la práctica clínica, es la dificultad que tienen las personas para identificar, expresar y regular sus emociones.

Las emociones están presentes, básicamente, desde que nacemos. Por eso, realizar un trabajo desde edades tempranas se convierte imprescindible, ya que nos permitiría desarrollar una habilidad necesaria en el día a día y de este modo, afrontar situaciones cotidianas de una manera más adaptativa. Esta habilidad se conoce como Inteligencia Emocional.

La Inteligencia Emocional es un constructo que nos ayuda a entender de qué manera podemos influir, de un modo adaptativo e inteligente, tanto sobre nuestras emociones como en nuestra interpretación de los estados emocionales de los demás.

Si pensamos detenidamente en la relevancia de nuestras emociones en nuestra vida diaria nos daremos cuenta rápidamente que son muchas las ocasiones en que éstas influyen decisivamente en nuestra vida, aunque no nos demos cuenta. Por tanto, gran parte de nuestras decisiones se ven influenciadas en mayor o menor medida por nuestras emociones.

Este concepto ha estado presente siempre en la historia de la psicología, pero uno de los principales representantes que ha popularizado este constructo ha sido Daniel Goleman, que en 1995, con la publicación de su libro Inteligencia Emocional, inició algo que aún no se ha detenido y que nos ha hecho descubrir a todos, el gran poder que las emociones tienen sobre lo que somos, lo que hacemos y en cómo nos relacionamos.

Esta dimensión responde a otro modo de entender la inteligencia más allá de los aspectos cognitivos, tales como la memoria y la capacidad para resolver problemas.

  • La inteligencia emocional empieza con la conciencia de uno mismo y también con la conciencia social. Es decir, cuando somos capaces de reconocer las emociones (y su impacto) en todo lo que nos rodea.
  • Asimismo supone entender que gran parte de nuestros comportamientos y decisiones se basan en emociones.

 

Dimensiones básicas de la inteligencia emocional

  • Conocer las propias emociones.

Se refiere a la capacidad de toma de conciencia de las propias emociones y sentimientos y cómo nos influyen. Por ello, es importante identificar la manera en la que nuestro estado anímico afecta a nuestro comportamiento.

Por ejemplo, este aspecto nos puede ayudar a no tomar decisiones cuando nos encontramos en un estado emocional poco equilibrado.

  • Manejar las emociones.

Consiste en la habilidad para manejar nuestros sentimientos o emociones, a fin de que se expresen de forma apropiada. Es decir, detectar las dinámicas emocionales, saber cuales son efímeras y cuáles son duraderas, así como ser conscientes de qué aspectos de una emoción pueden ser útiles y actuar en función de si nos beneficia o nos daña..

Por ejemplo, gestionar expresiones de ira, furia o irritabilidad nos permite establecer relaciones interpersonales más adaptativas.

  • Motivarse a sí mismo.

Una emoción tiende a impulsar hacia una acción. Por eso, emoción y motivación están íntimamente interrelacionados.

Encaminar las emociones, y la motivación consecuente, hacia el logro de objetivos es esencial para prestar atención, automotivarse, manejarse y realizar actividades placenteras.

El autocontrol emocional conlleva a demorar gratificaciones y dominar la impulsividad, lo cual suele estar presente en el logro de muchos objetivos. Por ello, las personas que poseen estas habilidades tienden a ser más productivas y efectivas en las actividades que emprenden.

  • Reconocer las emociones de los demás.

Este principio se basa en la empatía, es decir, la capacidad para reconocer las emociones y sentimientos de los demás.

Las relaciones interpersonales se fundamentan en la correcta interpretación de las señales que los demás expresan de forma inconsciente, y que a menudo emiten de forma no verbal. La detección de estas emociones ajenas y sus sentimientos que pueden expresar mediante signos no estrictamente lingüísticos (un gesto, una reacción fisiológica, un tic) nos puede ayudar a establecer vínculos más estrechos y duraderos con las personas con las que nos relacionamos.

  • Establecer relaciones.

El arte de establecer buenas relaciones con los demás es, en gran medida, la habilidad de manejar las emociones de los demás.

Es necesario saber tratar y comunicarse con aquellas personas que nos resultan simpáticas o cercanas, pero también con personas que puedan no ser afines a nosotros.

Así, gracias a la Inteligencia Emocional, vamos más allá de pensar en cómo nos hacen sentirnos los demás y darnos cuenta de que cualquier interacción entre seres humanos se lleva a cabo de un contexto determinado. Por ejemplo, si alguien ha hecho un comentario despectivo sobre nosotros puede ser porque siente envidia, o porque simplemente necesita basar su influencia social en este tipo de comportamientos.

 

Por último, os invito a que visitéis el siguiente enlace que os dejo a continuación, para que reflexionéis sobre el tema tratado en el artículo:

https://youtu.be/t90xcluixsM

 

Bibliografía: Goleman, D. (1996). Inteligencia Emocional. Barcelona, Kairós.

 

Marta Carretero Rincones – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

 

¿ES TU AUTOEXIGENCIA UNA BUENA COMPAÑERA?

En la actualidad en la que vivimos nos rodeamos de múltiples exigencias; bien pueden ser laborales, sociales, familiares o cómo no, las personales. En esta sociedad que va tan deprisa cuesta tomarse un respiro donde las tareas a realizar parecen infinitas, así como los cuestionamientos que nos hacemos sobre las mismas parecen del mismo modo no tener fin “¿Soy buena hija/amiga/padre/novio?”, “no puedo cometer errores”, “¿me aprecian mis amigos?”…

La autoexigencia es muy importante para crecer como persona, mejorar, superarse o ser la mejor versión posible de nosotros mismos. Es muy importante saber ver nuestros errores, las cosas que podemos mejorar, y las que no. Aceptar nuestros fallos y aprender de ello. Sin embargo, cuando aparece de manera excesiva puede ser una forma de relacionarnos con nosotros mismos, donde el sentimiento que prevalece es el de “nunca es suficiente”. Este “nunca es suficiente” puede llevarnos al estrés constante.

Encontrar una nueva forma de relacionarnos con nosotros mismos requiere un proceso físico, emocional y espiritual amable y nutriente. Una forma de hacer esta evaluación es revisar como nos hablamos a nosotros mismos, si nuestro auto-diálogo es destructivo o constructivo. En este sentido, quizá podamos hablar de autoexigencia como un jefe tirano o como un buen líder.

 Cuando nuestra autoexigencia aparece como un jefe tirano:

  • Nos hablamos con lenguaje peyorativo, de forma desagradable e incluso violenta. En este punto muchas veces nos decimos frases del tipo: “eres tonto”, “estaba claro que lo ibas a hacer mal”, “no sabes hacer nada bien”…
  • Señalamos los errores de forma exagerada, poniendo en duda todas nuestras capacidades por un error o fracaso. Nos olvidamos de que los errores forman parte del proceso de aprendizaje y no nos etiquetan ni a nosotros ni a hechos concretos y puntuales. Encontramos frases como: “No hago nada bien”, “no valgo para nada”…
  • Nos decimos cosas como “Tengo que hacerlo bien”, “Tengo que hacer hoy 3X entregas”, “No puedo fallar”, “No te equivoques esta vez”…de manera constante. Resaltamos el deber u obligación de cumplir con las expectativas. De esta manera nos quemamos a nosotros mismos.
  • Buscamos la perfección, un listón bastante alto donde nos marcamos expectativas exageradas.
  • Todo esto nos lleva a no valorar nuestros logros dado que las cosas que teníamos que hacer eran meras obligaciones o deberes, así los pasamos por alto o los damos por hecho. No les prestamos atención, si hacemos 8 cosas muy bien y comentemos un pequeño error en una, nuestro jefe interior se centrará en el error y en la crítica destructiva.

Sin embargo, si nuestra autoexigencia actúa como un buen líder:

  • Nos hablamos desde el cariño y el respeto: Nos podemos fijar en nuestros errores pero también en lo que podemos mejorar desde el respeto: “Aprenderé de este error y la próxima vez lo tendré en cuenta”, “hoy no hice lo que tenía previsto, me gustaría organizarme mejor”).
  • Somos objetivos en las valoraciones que hacemos, analizamos la situación concreta, sin generalizar o exagerar de forma negativa: “Me equivoqué porque estaba muy cansado hoy y me costaba mantener la atención, quizá  podría haber pedido a alguien que lo revisara antes de entregarlo”)
  • Mejoramos nuestro auto-diálogo: una buena manera es cambiar los “tengo”, “debo”, etc. por “quiero”, “me gustaría”, esto también nos permite automotivarnos al darnos margen y disfrutar en el camino: “Me gustaría tener lista la primera parte para el viernes”, “Hoy quiero dejar hecha la limpieza de casa”.
  • Nuestras expectativas son realistas: nos centramos en las metas a corto plazo, con una buena planificación de objetivos.
  • Analizamos el error centrándonos en cómo mejorar o qué podemos aprender de él, ya que una buena autocrítica implica no sólo reconocer los errores sino aprender de ellos. Hemos de ser conscientes de que equivocarse es parte del proceso de aprendizaje. “Saber fracasar es aprender cómo ganar” (Carl Sandburg). 
  • Felicitarnos por el buen trabajo y valorar lo que hemos hecho bien nos permite desarrollar nuestras potencialidades y conocer nuestras capacidades.
  • No nos presionamos hasta el agotamiento, nos damos margen. Por ejemplo, practicar o estudiar muchas horas por ejemplo, pero sin “forzar la máquina”, reservando un tiempo a desconectar y al descanso. Es importante no priorizar el esfuerzo por encima de todo, sino dar espacio también al ocio, vida social y familiar, etc.
  • Nos centramos en el proceso, no solo en los resultados, aunque conseguir nuestros objetivos está muy bien, en ocasiones no es posible, pero podemos fijarnos en el proceso y perfeccionar el método, disfrutar y aprender por el camino, valorar el esfuerzo y no sólo los resultados.

Atendiendo a todos estos puntos podemos fomentar nuestro auto-diálogo de una manera en la que no nos presionemos hasta el agotamiento y seamos amables con nosotros mismos.

 

Bibliografía: Cohen, J. (s.f) La autoexigencia como generador de estrés, angustia y vacío existencial.

 

Noelia González Viniegra – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

 

 

 

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Como cada año por estas fechas muchas personas tienden a hacer balance de sus vivencias, a reflexionar sobre aspectos de su vida, identificar qué cosas se han de cambiar y comienzan a marcarse objetivos que alcanzar. Éstos son comúnmente conocidos como propósitos y están determinados por el inicio del año nuevo.

Entre los más frecuentes están dejar de fumar, llevar una vida más saludable, apuntarse al gimnasio, etc.  Sin embargo, algunos de ellos no se alcanzan y se quedan en una mera intención debido a que son poco realistas o difíciles de alcanzar.

Para poder llevar a cabo algún cambio, vamos a explicar el modelo de Prochaska y DiClemente (1984), que trata de una serie de etapas para la consecución de un objetivo. Las fases por las que hay que pasar son las siguientes:

  • Precontemplación: el individuo no identifica un problema y suele haber negación o rechazo.
  • Contemplación: aquí la persona se da cuenta del problema, sin embargo, todavía no ha tomado la decisión de atajarlo.
  • Preparación: se dan los primeros pasos para encontrar la solución al problema.
  • Acción: la persona lleva a cabo acciones para conseguir el cambio.
  • Mantenimiento: se sostienen a lo largo del tiempo los cambios. 
  • Recaída: el individuo vuelve al inicio antes del cambio y tendrá que volver a una de las etapas anteriores.

Una vez explicado cómo se producen los cambios, planteamos una serie de consejos que pueden ser útiles para cumplir los propósitos del 2022:

  • Toma de conciencia: Reconocer si es el momento para llevar a cabo un cambio, independientemente de que comience un nuevo año, quizá no sea tu momento. Saber cuánto estamos dispuestos a sacrificar, nada se consigue por sí solo, sino que lo más seguro es que conlleve un gran esfuerzo y, sobre todo, y muy importante ¿es algo qué queremos conseguir por y para nosotros o por algún factor externo?. Los propósitos que nos marquemos han de ser únicos y personales y no han de depender de nadie más, plantéatelos de manera individual.
  • Definir los propósitos: Dejar por escrito que se quiere conseguir es una buena forma de comenzar, de esta manera estarán más presentes. Además, los propósitos que nos marquemos han de ser realistas y no demasiado ambiciosos o, por el contrario, esto nos llevará a la frustración y por tanto al fracaso. Una buena forma de alcanzarlos es subdividirlos en objetivos más pequeños, de manera que no lo veas como algo inalcanzable, vayas logrando cumplirlos y esto te motive a continuar. También es importante marcarse una fecha tope de cuándo ponerlos en marcha.
  • Atender a nuestras emociones: Es importante para la consecución de nuestros propósitos que atendamos nuestras emociones, prestándoles atención y dándoles lugar a todas ellas, porque son igualmente válidas y necesarias. Aceptar que no siempre vamos a tener la misma motivación y que nuestro estado anímico interfiere directamente en lo que hacemos, por lo que no siempre tendremos las mismas ganas de seguir luchando por nuestros objetivos. Si algún día fallas, no pasa nada, acéptalo y continúa al día siguiente. Aprende a reforzarte a ti mismo, cuando no conseguimos lo que queremos somos los primeros en juzgarnos, sin embargo, cuando sí lo conseguimos no tendemos a felicitarnos, comienza a hablarte bien y a recompensarte.
  • Menos es más: Si nos marcamos demasiadas metas esto puede ser estresante y seguramente acabemos abandonando antes de tiempo. Además, hay que aceptar que los cambios llevan tiempo, si queremos conseguir algo de hoy a mañana difícilmente lo haremos.
  • Pedir ayuda: Por último, en caso de que fuese necesario, y siempre y cuando no seamos capaces de alcanzar algo por nosotros mismos, es bueno pedir ayuda, acudir a un profesional que nos ayude a identificar lo que nos impide conseguir nuestros propósitos y a elaborar un buen plan de trabajo para que, si no es en este nuevo comienzo de año pueda ser en otro momento.

 

María López de Munain Bajo – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

 

ALIMENTACIÓN EN NIÑOS

Alimentarse es un acto inherente al ser humano, es imprescindible en nuestra vida. Sin embargo, la alimentación es algo mucho más complejo, ya que incluye factores emocionales y permite el desarrollo de capacidades en los niños.

Si nos ponemos a pensar, la mayoría de nosotros tenemos recuerdos que giran en torno a la comida: desde las cenas de Navidad con toda la familia, al plato preferido que nos hacían el día de nuestro cumpleaños o los domingos en casa de los abuelos, cuando nos daban esa chocolatina o “kínder”, si nos habíamos portado bien.

La comida en nuestra sociedad siempre está presente en celebraciones, cuando damos o recibimos grandes noticias, mientras disfrutamos de la compañía de nuestros amigos y familia. Por eso, nos preocupa en gran medida cuando hay un problema en relación con la alimentación, para evitarlo y conseguir que los niños tengan una buena relación con la comida es importante tener en cuenta algunas recomendaciones a la hora de comer con los más pequeños:

  • Alentarles para que coman de forma independiente y sin ayuda externa si no es necesario: Esto hace que los niños determinen la rapidez con la que ingieren los alimentos, lo que les ayudara a disfrutar más la comida y el momento. Aumenta su autonomía y mejora sus habilidades motoras, sobre todo la motricidad fina y la pinza.
  • Permitir que los niños se manchen mientras comen: En relación con lo anterior, cuando ellos son los responsables de su propia ingesta de alimentos, puede que se manchen bastante, aunque esta situación puede ser algo abrumadora para los padres, les permite estimular sus sentidos descubriendo por sí mismos diferentes sabores, texturas, olores y colores.
  • Evitar las distracciones cuando están comiendo: El uso de pantallas esta ampliamente extendido en nuestra sociedad y muchas veces lo usamos como recurso para que los niños coman más rápido. Sin embargo, diversos estudios demuestran que esto produce que los niños no aprendan a identificar las sensaciones de hambre y sobre todo de saciedad, además no prestan atención a la actividad que realizan y reduce el tiempo de calidad en familia.
  • Tener una actitud neutral, no presionando a los niños para que coman: Al no obligarles a que coman, esto hace que en el futuro estén mucho más dispuestos a probar nuevos alimentos y no identificar la situación como algo desagradable lo que ayudara en la adquisición de buenos hábitos alimenticios.
  • Ayudar a estimular el apetito de los niños limitando que coman entre horas y regulando el tamaño de las porciones: Es fácil, si los niños no comen todo lo que nos gustaría, caer en la tentación de darle de comer entre horas “porque coma algo” esto producirá el efecto contrario en las comidas importantes del día ya que los niños llegaran sin hambre y comerán peor, lo que puede convertirse en un circulo sin salida. Igualmente, es importante no agobiar al niño con mucha cantidad de comida en el plato, es preferible poner poco y que repita si quiere más.
  • Limitar el tiempo que duran las comidas: El tiempo de la comida no puede convertirse en una lucha contra el reloj, hay niños que tardan más que otros, es importante darles un tiempo adecuado para que puedan comer tranquilos, pero sin eternizarse, retirando el plato pasado los 40 o 45 minutos, e ir ajustando ese tiempo en función de cada niño.
  • Ir introduciendo nuevos alimentos de manera gradual y de forma regular: La negación ante los alimentos nuevos a medida que amplían su dieta, tiene que ver con un reflejo de protección que tienen todos los niños al nacer, por ello es importante ser constantes en la presentación de nuevos alimentos y ponerlos en el plato, aunque no se los coman, para que se habitúen a ellos. También, es de gran utilidad que vean a los adultos ingiriendo esos mismos alimentos, los que facilitara la introducción en su dieta.

En conclusión, la alimentación es un pilar muy importante del desarrollo de los menores y una buena relación con la comida desde que son pequeños reducirá el riesgo de aparición de dificultades a lo largo de la vida de los niños.

 

Es importante marcar el camino por el que deben ir, pero no podemos recorrerlo por ellos.

 

Ana Belén Somolinos – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología

 

APEGO Y VÍNCULOS EMOCIONALES

El apego es, en primer lugar, una necesidad evolutiva del niño con respecto a su cuidadora o cuidador, una necesidad biológica del bebé para mantener la proximidad física con el cuidador, con el fin de obtener alimento, protección y seguridad emocional (Wallin, 2007)

Es importante tener presente que el apego es una necesidad humana, no una dependencia infantil que superamos al crecer. El tipo de vínculo que generamos con nuestras primeras figuras de apego (nuestra madre y/o nuestro padre) va a influir en cómo de mayores nos vinculamos con los demás y con nosotros mismos.

 

¿Qué factores influyen en la creación de los vínculos?

Los factores que determinan el tipo de vínculo del bebé con su madre o su padre no solo es la proximidad física, sino la tranquilidad asociada a la continua disponibilidad del cuidador, así como la sintonía entre las emociones del bebé y su cuidadora. Esta valoración que haga el niño de la disponibilidad de su cuidadora va a ser fundamental para determinar el tipo de apego que desarrollará el niño y, por tanto, el futuro adulto.  En función de la percepción de la disponibilidad y de la atención a sus necesidades emocionales podemos encontrar dos tipos de apego, seguro e inseguro, y este último a su vez se subdivide en tres tipos: ansioso-ambivalente, evitativo y desorganizado

  • Apego seguro: La cuidadora de estos niños es sensible y receptiva a las señales y comunicación del bebé. El bebé siente que estará disponible cuando la necesite y en caso de angustia o tristeza la presencia de la cuidadora les calma y les da confianza para seguir explorando. Este niño es un adulto seguro en sus relaciones, se sabe digno de ser amado y cuidado, al igual que es receptivo ante las señales y necesidades de sus futuras parejas e hijos.
  • Apego inseguro:
      • Ansioso-ambivalente: La figura de apego de estos niños ha sido bastante impredecible. En algunas ocasiones la madre o el padre si estaban disponibles para satisfacer las necesidades del niño, pero otras veces no. Son niños muy preocupados que reaccionan con una angustia abrumadora ante la separación de la madre, pero curiosamente el reencuentro con ella no es capaz de calmarles. Como adultos viven con un miedo constante a que su pareja o figura de apego en ese momento les abandone o les deje de querer. Necesitan constantemente reasegurar que el otro les quiere y les desea, pero la calma que encuentran es pasajera y pronto vuelven a sentir angustia y miedo al abandono.
      • Evitativo: Son niños que han concluido que sus intentos de conexión con la madre van a ser rechazos, por lo que optan por evitarlos. Son adultos duros e independientes, que aparentan buena autoestima como un método para protegerse del otro. Con respecto a la expresión emocional, les cuesta mucho hablar de cómo se sienten, del mismo modo que tienen mucha dificultad para conectar con las emociones o las necesidades del otro. No se sienten cómodos con los vínculos profundos y mantienen mucho la distancia.
      • Desorganizado: Son niños que han vivido una historia traumática de abuso o violencia por parte de su figura de apego. Perciben a esta figura como amenazante y por tanto, cualquier vínculo con otra persona será visto de la misma manera, provocando miedo y rechazo.

En psicoterapia, el objetivo principal es crear un vínculo seguro con el paciente, para que sea capaz de expresar todo aquello que siente y piensa, sabiéndose a salvo y con la seguridad de que sus emociones y experiencias serán comprendidas y tratadas con respeto. Por otra parte, un vínculo seguro con el terapeuta puede ser el camino para generalizar ese mismo vínculo con los demás y con uno mismo.

“Un niño necesita amor, amor y más amor para que cuando sea adulto pueda dar amor”  – Hermann Gmeiner

 

Bibliografía:  Wallin. D. (2007). El Apego en Psicoterapia. A división of Guilford Publications, Inc. New York, Usa.

 

Sandra Orozco Ortega – Psicóloga de Dana Centro de Psicología

 

VALIDACIÓN EMOCIONAL

“La acción de intentar no sentir algo en un momento particular resulta contradictoria con el objetivo que persigue, ya que no estar en algo es estar en ello”.  Steven C. Hayes.

Son numerosos los autores que a lo largo de la historia han definido lo que es una emoción, pero en términos generales entendemos las emociones como estados afectivos, más o menos intensos, que ocurren ante determinadas circunstancias y provocan cambios fisiológicos en nuestro cuerpo.  Las emociones forman parte de la condición humana, y sentimos tanto emociones que nos resultan cómodas y agradables, como emociones incómodas y desagradables. Todas ellas son imprescindibles para nuestra supervivencia.

Identificar y ser consciente de nuestras emociones en el momento ayuda a la regulación de las mismas. Es conveniente mostrarse abierto y experimentar las emociones como un observador, sin juicios, sin intentar negarlas, reprimirlas o evitarlas. Cuando se juzgan las emociones como algo “malo” puede provocar la aparición de emociones secundarias como culpa, vergüenza, decepción… y aparecen cada vez que experimentamos el malestar asociado a la emoción primaria. Además, al presentarse estas emociones secundarias, aumenta la intensidad emocional, lo que dificultaría aún más la tolerancia al malestar, según explica Marsha Linehan.

Por ejemplo, si estás triste y lloras por haber suspendido un examen o porque no te han contratado en una entrevista de trabajo, y te dices o te dicen que no es para tanto y que no tienes por qué llorar, estamos negando e invalidando la emoción de tristeza y esto nos puede generar culpa o frustración.

Llamamos invalidación emocional a la no aceptación de la experiencia emocional de los demás o la propia (autoinvalidación), y esta implica rechazo, negación y/o evitación de la vivencia emocional.

Desde pequeños hemos aprendido a manejar nuestras emociones y las de los demás a través de la invalidación y focalizados en que tenemos que cambiar esas emociones que nos desagradan, tanto que llegamos a hacerlo de manera automática. Aunque la intención del ser humano es ayudar a los demás y minimizar o evitar su sufrimiento, la repetición de las frases como “no es para tanto”, “tienes que animarte”, “tranquilízate” o “ya se te pasará”, pueden generar el efecto contrario al deseado, aumentando la activación emocional y pudiendo llegar a provocar aislamiento, y por ello perdiendo la oportunidad de fortalecer el vínculo. No obstante, y teniendo en cuenta que no hay emociones malas, cuando el objetivo es ayudar al otro en un momento difícil, no es tanto el cambiar o negar su emoción, como el acompañarle en su experiencia emocional.

Validar las emociones de los demás no significa estar de acuerdo o compartir lo que siente o cómo reacciona la otra persona, sino aceptar y dar por válida su experiencia emocional en ese momento. Esto nos da la posibilidad de entender que su respuesta emocional tiene sentido dada su historia de aprendizaje y el contexto actual. Por este motivo la validación emocional requiere empatía y comprensión, y es conveniente utilizar la comunicación verbal y no verbal para transmitir al otro la aceptación de su experiencia emocional. La validación ayuda a fortalecer la confianza y la intimidad.

Para trabajar la validación es conveniente que prestemos atención a las reacciones y emociones de la otra persona, que escuchemos activamente lo que nos quiera decir, respetemos los silencios y no tengamos prisa porque termine la vivencia emocional, cuidemos el tono de voz, miremos a los ojos y utilicemos el contacto físico siempre cuidando no invadir el espacio personal.

Como hemos mencionado anteriormente, es la comunicación un pilar esencial en la validación emocional. Estas son algunas frases que ayudan a la misma:

  • ¿Qué estás sintiendo?
  • Entiendo que es difícil para ti
  • Quiero que sepas que puedes contar conmigo si me necesitas
  • ¿Qué puedo hacer para ayudarte?
  • Llora lo que necesites
  • Es normal lo que estás sintiendo
  • Estoy aquí para ti
  • Respeto que te sientas así
  • Agradezco que compartas como te sientes conmigo
  • Te escucho

Tan importante es la validación emocional como la autovalidación emocional, permitirnos sentir, aceptar nuestras emociones, cuidarnos y ser autocompasivos (puedes consultar el artículo de nuestro blog donde hablamos de autocompasión https://www.psicologiadana.com/el-valor-de-la-autocompasion/). La práctica de una origina el aumento de la otra.

Isabel López Garvía – Psicóloga de Dana Centro de Psicología