DECIDIR SIN CERTEZAS: CÓMO AVANZAR A PESAR DE LA INCERTIDUMBRE

La toma de decisiones es una de las capacidades más importantes, y a menudo más desafiantes, del ser humano. A lo largo del día, tomamos numerosas microdecisiones: ¿el plumas o la chaqueta vaquera?, ¿tarta de queso o coulant de chocolate?, ¿el sticker del gatito con corazones o mejor el del perrete?

Sin embargo, hay decisiones que requieren una reflexión más profunda porque implican cambios relevantes y pueden despertar emociones intensas. En todas ellas hay un elemento inevitable: la incertidumbre.

Nos gustaría poder decidir con total seguridad, tener garantías de que elegimos “bien” y evitar errores. Sin embargo, esa certeza absoluta no existe. Gran parte del malestar al decidir no proviene tanto de la decisión en sí, sino de la dificultad para aceptar que no podemos controlar lo que ocurrirá después.

La necesidad de certeza: un arma de doble filo

Es natural querer reducir la incertidumbre. Anticipar escenarios y prever consecuencias tiene un valor adaptativo. El problema aparece cuando esta necesidad se vuelve rígida. Algunas personas sienten que no pueden decidir hasta estar completamente seguras. Buscan más información, analizan todas las variables, piden múltiples opiniones o esperan “sentirlo claro”. Y, aunque esto puede dar cierta tranquilidad en el momento, muchas veces acaba teniendo el efecto contrario.

A corto plazo, estas estrategias generan sensación de control. Pero a largo plazo suelen provocar bloqueo, dudas constantes y sensación de estar atrapados. Paradójicamente, cuanto más intentamos eliminar la incertidumbre, más parece crecer.

Evitar el malestar también tiene un coste

Cuando una decisión genera ansiedad o miedo, es habitual intentar reducir ese malestar. Algunas estrategias frecuentes son posponer la decisión, distraerse, delegarla o elegir la opción aparentemente más segura, aunque no sea coherente con lo que realmente queremos.

Estas conductas tienen algo en común: buscan evitar la incomodidad. Aunque funcionan a corto plazo, a largo plazo limitan nuestra vida. Cuanto más evitamos el malestar, menos aprendemos a gestionarlo y más condiciona nuestras decisiones. Intentar sentirnos bien antes de actuar puede convertirse en un obstáculo para actuar.

Signos de interrogación y mano con bolígrafo, imagen sobre dudas, incertidumbre y reflexión para tomar decisiones con calma.

Decidir implica renunciar

Toda decisión implica elegir una opción y descartar otras. Esto genera incomodidad. Es habitual que aparezcan pensamientos como “¿y si la otra opción era mejor?” o “¿y si me arrepiento?”. Tendemos a imaginar escenarios alternativos y a anticipar posibles errores.

Aceptar que no podemos explorar todas las opciones ni conocer todos los resultados es fundamental.

Elegir siempre implica una pérdida potencial,

y eso no se puede eliminar del proceso.

No todo pensamiento merece ser seguido

En contextos de incertidumbre aparecen pensamientos alarmistas: “voy a equivocarme”, “no estoy preparado”, “esto puede salir mal”. El problema no es que aparezcan, sino el peso que les damos.

A menudo los tratamos como si fueran hechos, cuando en realidad están influenciados por nuestra historia, miedos y experiencias. Aprender a tomar distancia de estos pensamientos permite que no dicten nuestras decisiones. No se trata de eliminarlos, sino de no quedar atrapados en ellos.

La importancia de una dirección clara

Cuando decidimos solo para evitar errores o malestar, perdemos de vista lo importante. Por eso, es clave tener claridad sobre nuestras prioridades y valores. No se trata de encontrar la opción perfecta, sino la que mejor encaja con la dirección que queremos dar a nuestra vida.

Algunas personas priorizan el aprendizaje, otras la estabilidad, la creatividad o su red de apoyo. Cuando esto está claro, la incertidumbre no desaparece, pero deja de ser el único criterio. La pregunta pasa de “¿y si sale mal?” a “¿esto está alineado con lo que quiero?”.

Tenemos que coger el autobús que más nos acerque a la parada que queremos llegar, aunque no tengamos garantías absolutas sobre el trayecto.

Actuar sin garantías

Uno de los cambios más importantes es aceptar que muchas veces tendremos que actuar sin sentirnos completamente seguros. Esperar a que la duda desaparezca puede llevar a la inacción.

Esto no significa decidir de forma impulsiva, sino aceptar que cierto nivel de incertidumbre siempre estará presente. De hecho, muchas decisiones valiosas implican un salto hacia lo desconocido: cambiar de trabajo, iniciar un proyecto o comprometerse con una relación.

Desarrollar la capacidad de actuar a pesar de la duda es fundamental para avanzar.

Aprender a tolerar la incertidumbre

La tolerancia a la incertidumbre es una habilidad que se puede practicar. Algunas formas de hacerlo son:

  • Tomar pequeñas decisiones sin buscar la opción perfecta.
  • Observar las dudas sin reaccionar automáticamente.
  • Reducir la necesidad de comprobar constantemente si hemos decidido “bien”.
  • Centrarnos en lo que podemos hacer ahora en lugar de intentar predecir todo el futuro.

Con la práctica, la incertidumbre deja de sentirse como algo insoportable y pasa a ser una parte manejable de la experiencia.

Replantear el error

El miedo a equivocarse es uno de los principales bloqueos en la toma de decisiones. Sin embargo, evitar el error no siempre es la mejor estrategia. De hecho, muchas veces limita más que protege.

Equivocarse forma parte del aprendizaje. Cada decisión aporta información, experiencia y capacidad de ajuste. Una decisión “incorrecta” no define a la persona, sino que forma parte de su proceso.

Cuando cambiamos la forma en que vemos el error, también cambia la forma en que decidimos. Dejamos de buscar la opción perfecta y empezamos a buscar opciones suficientemente buenas que nos permitan avanzar.

Camino que se divide entre niebla con una persona al fondo, metáfora de tomar decisiones sin claridad y seguir adelante pese a la incertidumbre.

Conclusión

La incertidumbre no es un fallo del proceso de toma de decisiones, sino una característica inevitable de la vida. Intentar eliminarla puede llevar a un círculo de dudas, bloqueo y evitación.

Aprender a decidir no consiste en encontrar certeza, sino en desarrollar una relación más flexible con la duda, el miedo y la posibilidad de error. Se trata de actuar con información limitada, apoyándonos en lo que es importante para nosotros y aceptando que no podemos controlarlo todo.

Al final, tomar decisiones no es tanto un ejercicio de control como de compromiso: compromiso con una dirección, con una forma de vivir y con la disposición a avanzar incluso cuando el camino no está del todo claro.

Referencias

Wilson, K. G., y Luciano, C. (2002). Terapia de aceptación y compromiso (ACT): Un tratamiento conductual orientado a los valores. Editorial Pirámide.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Escríbenos
¿Tienes alguna duda? Envíanos un mensaje
Protección de datos personales
Utilizaremos sus datos para responder consultas y realizar análisis estadísticos. Para más información sobre el tratamiento y sus derechos, consulte la política de privacidad