Desde un punto de vista biomédico, las etiquetas diagnósticas nos ayudan a identificar la
enfermedad que afecta al paciente, siendo a la vez la causa de su malestar, y dándonos
información acerca del posible tratamiento. Cuando tenemos una gripe, sabemos lo que
implica, y tomar un antigripal ayuda a paliar la sintomatología, o si nos dicen que tenemos
cáncer, conocemos el riesgo y la posible evolución de la enfermedad. Estas problemáticas
tienen en común que pueden ser localizadas dentro del organismo, hay algo que ha entrado
en nuestro cuerpo y nos causa un malestar o están dañadas nuestras células y eso nos
causa el problema. En estos casos, el empleo de estás etiquetas resulta verdaderamente
útil.
ETIQUETAS DIAGNÓSTICAS: ¿AYUDA O LIMITACIÓN?
Durante años, la psicología ha intentado asemejarse a la medicina, para obtener
reconocimiento dentro de las ciencias y conseguir así el valor y la importancia que requería
la salud mental. Estos intentos, nos han llevado a la creación de etiquetas, para identificar y
definir los distintos trastornos mentales, y así poner de acuerdo a todos los profesionales de
la psicología, unificando los diagnósticos y los posibles tratamientos.
El problema es que los problemas psicológicos, no son iguales a los médicos, y con el uso
de una etiqueta, no se explica la causa ni el desarrollo de un trastorno mental. Cuando
decimos que alguien tiene depresión, no hablamos de algo que tenga de forma interna, sino
que hablamos de un conjunto de conductas que emite la persona, y se produce lo que se
denomina tautología o una explicación circular: estoy triste porque tengo depresión, y tengo
depresión porque me siento triste.
Para poder tratar con los problemas psicológicos, es necesaria una explicación funcional de
las conductas del paciente, evaluando la interacción de estas con su contexto. De esta
forma, el tratamiento puede ir dirigido a modificar dichas conductas para que estén
adaptadas al entorno y así desaparezca el malestar.
Cuando buscamos una etiqueta que dé explicación a lo que nos ocurre, podemos
encontrarnos con distintas complicaciones. En ocasiones, la persona que ha recibido un
diagnóstico, tiende a asumir que la causa de su malestar es dicho diagnóstico, y empieza a
comportarse en consecuencia a lo que le han dicho que tiene. Es decir, volviendo al ejemplo
de la depresión, si me dicen que estoy deprimido, actuaré según lo que creo que implica
tener depresión y será la depresión la causa de mi malestar. Esto impide que la persona
actúe de forma opuesta, lo que eliminaría la verdadera causa del problema.
Aferrarnos a una etiqueta, nos da sensación de control, nos quita la incertidumbre, y nos
pone en un papel pasivo ante nuestros problemas. Pero es necesario el papel activo para
generar cambios en nuestras conductas, por ello, las etiquetas diagnósticas en psicología
pueden frenar la mejora de los pacientes.

Este sesgo afecta también a los diversos profesionales de la salud. Cuando atiendes a un
paciente que ha sido diagnosticado previamente, aunque en ocasiones puede ayudar a
simplificar el trabajo, otras veces puede hacer que se trate a esa persona según la etiqueta
que lleva puesta, ignorando otros factores que podrían ser relevantes, o impidiendo generar
nuevos puntos de vista. Esto puede suponer la diferencia entre un tratamiento u otro,
afectando directamente a la mejora del paciente.
Otra limitación que tiene el uso de etiquetas, es que muchas están condicionadas por la
sociedad de manera que generan estigmas. Todos tenemos una idea, ya sea correcta o
errónea, de lo que significa padecer esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión o TOC. En
base a estas ideas, formamos opiniones acerca de las personas que cargan con dicho
diagnóstico, o acerca de nosotros mismos. Si nos han dicho que la esquizofrenia no tiene
cura, no buscaremos soluciones, y apartaremos a estas personas de la sociedad, o si
hemos visto en las películas que son personas agresivas, nos alejaremos de ellos. Todo
esto deja a un lado la individualidad de cada uno, agrupando a la población en base a todas
las palabras que les definen, sin tener en cuenta su situación individual.

Para poder realizar un tratamiento eficaz en psicología, debemos hacer un análisis
exhaustivo de cada paciente, entendiendo cuál es la función de cada una de sus conductas
problema, conociendo la interacción con su contexto, y aplicando así las técnicas
apropiadas para cada uno, sin basar nuestra intervención en una etiqueta.
No es necesario encontrar una palabra que nos defina y así sentir que sabemos lo que nos
pasa, si no encontrar un buen profesional de la salud mental, que pueda explicarnos de
verdad cual es la causa de nuestro malestar y nos permita conocernos a nosotros mismos,
como personas únicas e individuales.