En consulta, muchas veces escuchamos frases como:
“Si no me lo tomo con humor, no lo soporto” o “me río para no llorar”.
Y lo cierto es que el humor puede ser una herramienta poderosa. Nos conecta con los demás, nos alivia, nos da un respiro cuando las cosas se ponen difíciles.
Pero… ¿y si a veces también nos protege demasiado? ¿Y si usar el humor se convierte en una forma de esquivar lo que realmente sentimos?
En este artículo queremos compartir una reflexión: el humor puede ser una gran estrategia para afrontar situaciones complicadas, pero también puede terminar siendo una forma de evitar lo que necesitamos mirar de frente.
¿Qué es una estrategia de afrontamiento y por qué importa?
Cuando hablamos de estrategias de afrontamiento, nos referimos a las maneras, conscientes o no, que usamos para manejar emociones desagradables que en ocasiones pueden suponer un reto gestionar, como el estrés, la ansiedad o la tristeza.
Algunas personas hacen deporte, otras escriben o quedan con sus amigos y muchas usan el humor.
El humor, cuando se usa con intención y equilibrio, puede ser una buena forma para regular nuestras emociones. No se trata solo de reírse por reír, sino de encontrar una nueva mirada sobre lo que nos pasa, resignificar lo vivido, hacer más liviano lo que pesa.

¿Qué puede aportar el humor?
- Ayuda a bajar el nivel de tensión física y emocional.
- Nos acerca a los demás y mejora la comunicación.
- Permite ver los problemas desde otro ángulo.
- Nos da una sensación de control cuando todo parece demasiado.
Por ejemplo, alguien que tiene un mal día puede bromear sobre su “racha de buena suerte” en lugar de engancharse con la frustración.
Esa risa no borra el problema, pero lo hace más llevadero, incluso compartible.

El otro lado del humor: cuando tapa más de lo que muestra
Ahora bien, no todo uso del humor es sano. A veces, usamos la risa para no tener que hablar de lo que duele, para evitar temas incómodos o para no sentirnos vulnerables. Y eso, en lugar de ayudarnos, puede alejarnos más de lo que necesitamos o de lo que es importante para nosotros.
Algunas formas de humor que pueden ser problemáticas:
- Humor autocrítico: refuerza nuestras inseguridades y puede parecer inocente, pero termina alimentando una imagen negativa de uno mismo. Por ejemplo:
«Yo y las relaciones largas… ¡no pasamos de la segunda cita! Igual ya tengo reservado el lugar en la soltería eterna.»
Detrás de esta broma, puede haber miedo a no ser suficiente o a no merecer afecto.
- Humor sarcástico o agresivo, parece gracioso pero lanza indirectas o expresiones de enojo disfrazadas de ironía. Como cuando alguien dice:
«Claro, porque a mí siempre me va increíble en la vida… ¿no ves lo bien que me está yendo en el desastre que llamo trabajo?»
Este tipo de humor puede tensar vínculos y enmascarar frustración o resentimiento.
- Humor como defensa, que aparece cuando se usa la broma para evitar una emoción profunda o incómoda. Por ejemplo, en terapia:
— “¿Cómo te sentiste cuando se fue tu pareja?”
— “¿Sentirme? ¡Nah! Me ahorré tener que ver series malas que no me gustaban. Al final me hizo un favor.”
En estos casos, el chiste actúa como un escudo para no entrar en contacto con el dolor o la tristeza.
El problema no es reírse del dolor. El problema es no poder hacer nada más que reírse. Cuando el humor se convierte en el único lenguaje emocional posible, algo se está reprimiendo.
¿Cómo saber si el humor me está ayudando o escondiendo algo?
Pregúntate:
- ¿Puedo hablar del tema en serio si alguien me lo pregunta?
- ¿Me permito reír y también estar triste si lo necesito?
- ¿Siento alivio real después de bromear, o solo evito pensar?
El humor saludable no tapa el dolor: lo acompaña. Nos ayuda a ver que incluso en los momentos difíciles, hay lugar para la ironía o la ternura. Pero también nos invita a hacer espacio para lo que duele, sin disfrazarlo todo con una sonrisa.
En el espacio terapéutico, el humor puede ser muy valioso. Ayuda a romper el hielo, a descomprimir momentos tensos, a crear vínculo. Pero también requiere cuidado.
Si solo se usa para no entrar en lo profundo, puede convertirse en un obstáculo. Por eso, no se trata de dejar de reír, sino de darnos permiso para hacerlo con autenticidad, sin que sea la única vía posible.
El humor puede ser un gran compañero en los momentos difíciles. Puede aliviar, conectar y hacernos más fuertes. Reír no está mal. Todo lo contrario. Pero también está bien llorar, enfadarse, quedarse en silencio. Sentir. Porque cuando nos damos permiso para todo eso, la risa deja de ser una máscara… y se convierte en un gesto de verdad.

Guiomar Aramburu González – Psicóloga colaboradora de Dana Centro de Psicología