“Hoy es nuestro aniversario, hace unos meses que tenemos una mala racha y parece que ya nunca volveremos a ser como antes, echo de menos como me cogía de la mano mientras paseábamos por la calle, y cuando íbamos al cine para pasar las tardes de invierno. Sé que está intentado hacer esfuerzos por acercarse a mí. Seguro que esta noche viene y me dice que me quiere al oído.”

“Llevo cinco años en la empresa, me gusta mucho mi trabajo, disfruto aprendiendo cada día y viendo como evoluciono. Hay días en los que, si es necesario, me quedo más tiempo del debido para poder acabar lo que estoy haciendo, y no me importa porque realmente es lo que tengo que hacer. Quizás con el tiempo me gustaría poder alcanzar otras metas, como conseguir nuevas responsabilidades, dirigir equipos y poder seguir probándome.”

“¡Qué ganas de que lleguen las vacaciones y poder desconectar de todo esto que me rodea!”

 

Pensamiento a futuro ¿para qué…?

Estos tres ejemplos son algunos pensamientos que nos pueden venir a nuestra cabeza en momentos cotidianos de nuestro día a día, y todos ellos se relacionan con el pensamiento a futuro y las famosas expectativas, pero ¿quién no se ha visto en una situación parecida en algún momento?

La principal diferencia entre los humanos y el resto de animales es la capacidad de poder imaginar situaciones que aún no nos han acontecido y estimar una probabilidad de que vayan o no a suceder.

Esto lo descubrieron los primeros hombres cuando guardaban las brasas del fuego para poder espantar a los depredadores o cuando cultivaron los primeros campos para tener alimento en tiempos de escasez. Este tipo de conductas les ayudaban a sobrevivir, a sentirse seguros y a saber que, al menos, iban a estar vivos un día más. Ahora los tiempos han cambiado, ya no necesitamos guardar las brasas o tener una parcela de tierra que cultivar, lo que sí necesitamos es tener un supermercado más o menos accesible o un trabajo estable que nos permita pagar nuestras facturas a final de mes.

En definitiva, situaciones que nos ayudan a sobrevivir en nuestro entorno, sentirnos seguros y saber que, al menos un día (o dos), vamos a poder seguir respirando. Y esto es gracias a nuestro pensamiento a futuro y a nuestra capacidad de anticipación ante posibles dificultades o problemas.

¿Pero cómo se relaciona esto con las expectativas?

 

La comparación

Imagínate que vas andando por la calle y te paras frente  a un escaparate. En ese escaparate hay un jersey y en ese momento recuerdas el frío que pasaste la noche anterior cuando volvías a casa. Hace mucho que no te das un capricho y el jersey es bastante bonito. Pero hay un problema, no está el precio, por lo que vas a tener que entrar en la tienda y preguntar.

Tu cabeza hace una aproximación sobre su posible precio y se fija en detalles como la tela del jersey, la tienda en la que estás… y el cálculo que realizas le pone un precio de 45€.  Miras tu cartera y tienes un billete de 50€ por lo que todo parece que, a priori, encaja.

Entras a la tienda, vuelves a mirar el jersey, realmente es muy bonito y te vendría bien con tu pantalón vaquero favorito. Te acercas al dependiente y te dice que el jersey que está en el escaparate cuesta 30€ ¡qué bien! Es más barato de lo que pensabas, incluso con esos 15€ de diferencia puedes irte a tomar algo después.

La situación anterior es la ideal, pero ahora vamos a poner otro ejemplo. En esta ocasión pasas por el escaparate y una vez más estimas que el precio del jersey es de 45€ y tienes en tu cartera 50€. Entras a la tienda y buscas a la persona que trabaja allí. La chica se da la vuelta y muy educadamente te dice que el jersey cuesta 68€. ¿Cuál es tu reacción? Posiblemente, después de eso le darías las gracias y te marcharías de la tienda. ¡Es demasiado caro!

Ahora bien, ¿el jersey es el mismo en las dos ocasiones? La respuesta es sí. Lo único que ha cambiado es el cálculo subjetivo que hemos hecho sobre su valor.

 

Cuando el jersey es una persona o algo que esperamos

Al igual que a un jersey le ponemos precio, realizamos la misma operación mental para dar valor a personas o situaciones en nuestra vida. Y al igual que con el jersey, si el cálculo mental que hacemos es peor que la realidad, nos pondremos contentos y compraremos el jersey. Y a la inversa, si el cálculo que hacemos es superior a lo que sucede después, nos llevaremos una decepción (más o menos grande según la situación). Pero el jersey seguirá siendo el mismo, lo que cambia es nuestra interpretación.

Damos valores subjetivos a personas o situaciones que nos gustaría o creemos que van a pasar en base a lo que estimamos correcto o probable dentro de nuestro propio sistema de valores.

 

¿Qué está en nuestras manos para cambiar?

El cálculo mental de expectativas es casi automático, por lo tanto, es difícil pelear contra ello. Lo que sí está en nuestras manos es realizar pequeñas acciones personales que nos ayuden a aumentar la probabilidad de que eso que queremos que pase realmente suceda. Recuperando los ejemplos del inicio, podemos mandarle un mensaje a nuestra pareja recordando el aniversario, trabajar duro en nuestro trabajo o desconectar el móvil cuando estamos de vacaciones.

 

Laura Rumoroso Revilla – Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología