¿Qué son las emociones?

Nos podemos remontar a la Teoría de la Evolución de Charles Darwin (1859) para hablar de la importancia de las emociones, y es que éstas desempeñan unas funciones fundamentales:
⦁ Son adaptativas: nos ayudan a sobrevivir en el medio en el que nos encontramos.
⦁ Nos mueven a acercarnos a lo que es beneficioso o a evitar lo que es perjudicial para nosotros.
⦁ Y sirven de lenguaje para comunicarnos con los demás, ya que facilitan la relación interpersonal, la creación de lazos emocionales y nos permiten anticipar y adaptar nuestra conducta.
Los seres humanos necesitamos expresar nuestras emociones y lo hacemos en estrecha vinculación con el contexto. Además de ser actores sociales, somos participantes culturales, y las normas y los valores de nuestra cultura actúan como criterios de referencia.
Las emociones modulan la toma de decisiones, ya que, tienen un papel relevante a la hora de determinar nuestras metas, en base a lo que nos agrada o nos desagrada, de tal forma que, si no somos capaces de reconocer cómo nos estamos sintiendo, no estaremos utilizando información del todo valiosa, de ahí que la gestión emocional se convierta en algo fundamental para el bienestar de la persona.

Ahora bien, ¿cuáles son?

Es muy común que si alguien nos pregunta “¿qué tal estás?” Respondamos algo tipo “bien”, “mal” o “normal”. Pero… ¿qué información nos proporciona este tipo de respuestas? Una adecuada gestión emocional incluye la identificación y la expresión, ya que, por ejemplo, no es lo mismo estar “triste” que estar “enfadado”.
Las emociones cambian, crecen, oscilan, viajan y se relacionan entre ellas. Hoy, tenemos un vocabulario muy rico, por tanto, podemos encontrar un amplio espectro emocional. Aquí os dejamos una ayuda: La ruleta de las emociones.

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Pero lo que es importante es que NO hay emociones “buenas” ni emociones “malas”, todas son necesarias y sin ellas, directamente no podríamos vivir.
La tristeza, el miedo o el enfado no son emociones “negativas”, cada una de ellas nos es útil. Por ejemplo, la tristeza nos permite recibir apoyo social o recoger fuerzas para hacer frente a una pérdida, con el miedo podemos atender a una situación temida y/o nos facilita evitar o escapar, y, por último, el enfado nos puede servir para poner límites a una situación de amenaza o pedir cambios.
Esto son algunos ejemplos, pero, en definitiva, todas las emociones surgen por y para algo.
Entonces… ¿por qué negamos estar tristes?
Muchas veces, el bloqueo de las emociones puede ser un mecanismo para protegernos, pero cuando las emociones desagradables son intensas, duran mucho tiempo o sentimos que no tenemos el control sobre ellas, tendemos a negarlas y evitarlas. Así, si nuestro objetivo es que esa emoción desaparezca, vamos a conseguir el efecto contrario, que es amplificar ese malestar.
Cuanto más nos empeñamos en ser felices y en sentirnos bien, más nos alejamos de nuestro objetivo. Cuando en realidad, lo más beneficioso es aceptar todas las emociones que experimentamos y, por tanto, vivirlas.

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Imagen tomada de @domm_cobb

“¿Cómo expresarlo si no duele, si nada ni nadie despierta sentimiento alguno? Muchas veces desearíamos vivir así, al menos un momento. Ser inertes ante las sensaciones que provocan ciertas circunstancias, pero sólo eso, unos instantes, porque ni sabemos ni podemos vivir sin sentir nada”.

 

Mireya Martín Manzano
Psicóloga Sanitaria de Dana Centro de Psicología