DUELO POR RUPTURA: ¿REALMENTE DEL AMOR AL ODIO SOLO HAY UN PASO?

“Del amor al odio hay un paso,

por acá no vuelva’, hazme caso.

Cero rencor, bebé, yo te deseo que

te vaya bien con mi supuesto reemplazo”

 

Estos son los versos que canta Shakira en su último éxito viral, en el cual, aparentemente, expone el proceso emocional que está vivenciando tras una ruptura amorosa. Si bien, pese a que dos personas mediáticas estén exponiendo dicho proceso, desde la psicología no podemos (o no deberíamos) entrar a analizar lo sucedido en dicha relación puesto que, para ello, necesitaríamos conocer tanto el contexto de la relación como muchas de las múltiples variables que pueden mediar (historia de la relación y sus dinámicas, gestión emocional de cada miembro, procesos legales, historia de aprendizaje y relaciones pasadas y un largo etcétera). Sin embargo, dada la viralidad alcanzada por este tema, creemos que resulta interesante exponer el proceso psicológico que podemos vivenciar tras la ruptura de una relación. El cual, quizás, nos ayude a esclarecer desde una perspectiva psicológica las palabras de la cantante.

 

La ruptura como duelo

 

 

Las parejas implican la formación de un vínculo en el que ciertos sistemas pasan a ser compartidos, de modo que, sin renunciar a la individualidad y objetivos propios de cada miembro, se conforman nuevos objetivos y propósitos compartidos por ambas personas, generando así expectativas y satisfacción mutua. Junto a ello, el afecto y el amor, así como la búsqueda de relaciones significativas contribuyen enormemente a nuestra autoestima y sentido de realización individual. Por ello, las relaciones de pareja suponen un acontecimiento trascendental dentro de nuestra experiencia vital. Esto se debe a que, dentro del vínculo relacional, cada miembro puede descubrir, plasmar o reforzar aspectos de su identidad individual (proyectos vitales, creación de una familia, identidad sexual, social…).

 

Por otro lado, entendemos como duelo el proceso emocional que acontece ante una pérdida. Normalmente, asociamos dicha reactividad emocional a un fallecimiento, es decir, a una pérdida ocurrida a nivel biológico. Sin embargo, el duelo es un proceso que también puede verse activado ante eventos vitales ocurridos a raíz de una elección o toma de decisión como una ruptura de pareja o un cambio de puesto laboral. Así, existen dos diferencias principales con respecto al duelo por fallecimiento; en primer lugar, que se produce a raíz de una decisión activa; y, en segundo lugar, que las personas no desaparecen, si no que siguen existiendo, lo que en ocasiones deja la puerta abierta a segundas oportunidades y puede hacer que alguno de los miembros se aferre a retomar la relación, complicando el duelo.

 

Por tanto, si relacionamos ambos conceptos, es posible que, cuando no se vean cumplidas las expectativas o aparezcan ciertos conflictos o dificultades en la pareja que comprometan el bienestar o los objetivos individuales, se produzcan una serie de síntomas como la insatisfacción o la frustración, que puedan acabar con la pareja. En este sentido, el duelo derivado de esta pérdida puede suceder con independencia del grado de formalización de la relación, siempre y cuando se haya establecido algún tipo de vínculo afectivo, estable y sólido.

 

¿Qué sucede?

 

 

Las rupturas sentimentales suponen la reestructuración de numerosos aspectos vitales que van desde nuevos proyectos, rutinas y dinámicas hasta la pérdida de relaciones y pertenencias. Por tanto, suelen impactar negativamente en el bienestar de ambos miembros de la pareja. Con independencia de quien toma y ejecuta la decisión, ambos miembros se enfrentan a un periodo de crisis (entendiendo crisis como una etapa de transición que busca recomponer y reconstruir) puesto que inician un proceso en el que han de redefinir su individualidad fuera de la diada. En este sentido, aspectos como dejar de ser “la pareja de” y pasar a ser “la ex-pareja de”, implica un proceso de reconstrucción de la identidad personal, así como de las interacciones mantenidas con dicha persona y su entorno.

 

No obstante. en ocasiones, el duelo se vive de forma diferente por ambos miembros. Esto obedece a que, en muchos de los casos, quien toma la decisión de finalizar la relación ejerce más poder y siente que posee más recursos para hacer frente a la ruptura, al haber dado comienzo previamente al propio proceso de duelo. Por el contrario, quien no toma la decisión, comienza más tarde a redefinir su individualidad, retrasando el duelo. Igualmente, cuando la decisión es conjunta, se produce un menor desconcierto y mejor afrontamiento de la situación.

 

Dado que involucrarse en una relación de pareja supone construir una nueva parcela en la identidad personal, las rupturas pueden llegar a suponer una crisis de identidad, de modo que uno de los miembros (o ambos) puede llegar a ver afectada su seguridad, su autoestima y su autoconcepto, sintiéndose insuficientes y realizando un afrontamiento negativo de la propia ruptura (algo que se incrementa más aún en el caso de relaciones dependientes). En otros casos, es frecuente que aparezca la emoción de culpa. Esto puede suceder cuando uno de los miembros ve afectada su autoestima e idealiza al otro (de nuevo, especialmente en las relaciones dependientes), atribuyéndose a sí mismo y a sus conductas el fin de la relación, sin considerar cómo puede haber influido la conducta del otro en el deterioro de ésta.

 

Pese al abanico de experiencias susceptibles de aparecer y, a modo de síntesis, tras la ruptura, generalmente pueden aparecer una serie de síntomas que constituyen el proceso de duelo, los cuales podemos clasificar en:

 

  • Físicos: cambios en los patrones de sueño, tensión muscular, alteraciones del apetito, falta de aire, palpitaciones, presión en el pecho, vacío en el estómago, hipersensibilidad, fatiga…
  • Emocionales: desesperanza, ira, rencor, rabia, celos, incredulidad, irascibilidad, soledad, ansiedad por separación, alivio, culpa, impotencia, melancolía, estrés, apatía…
  • Cognitivos: pensamientos de culpabilidad, fracaso, afección en la autoestima e identidad personal, confusión, rumiaciones, alteraciones en memoria o atención, reducción de la valía personal, incapacidad, indiferencia, impotencia, obsesión, pesadillas…
  • Conductuales: desprenderse de objetos, romper vínculos, llanto, aislamiento, conductas de riesgo (alcohol, drogas, tabaco…), conductas de ayuda, hambre emocional, búsqueda de contacto, conductas vengativas, evitación directa o indirecta de objetos, actividades, lugares…

 

Fases del duelo por ruptura

Lo cierto es que, en muchas ocasiones, el duelo comienza antes de que se produzca la ruptura sentimental, durante la propia convivencia. Generalmente, cuando repentina o gradualmente, se anticipa que la relación no puede ser salvada o reconstruida, lo que suele acabar con la idealización del otro. En ocasiones, esto sucede de forma silenciada e invisible mientras que, en otras, se vive a través del conflicto y la hostilidad. Por tanto, el duelo no se inicia necesariamente con la separación física. En todo caso, hemos de entender el duelo como un proceso más que como un estado. Asimismo, raramente se trata de un proceso lineal, si no que pueden aparecer avances y retrocesos en función de la elaboración que se haga de éste y las circunstancias que puedan ir apareciendo.

 

No obstante, el duelo es vivido de formas diferentes por cada persona en función de su historia de aprendizaje, rasgos de personalidad, vivencias y circunstancias. Asimismo, la intensidad del duelo dependerá de factores como la importancia o duración de la relación, los motivos de ruptura o la vinculación existente.

 

Pese a ello, en el duelo común es frecuente observar ciertas fases según las cuales podemos clasificar las respuestas emocionales evocadas por este acontecimiento vital, siendo éstas:

 

  1. Negación y aislamiento: supone una etapa en la que, a raíz de la incredulidad de lo sucedido, la persona no acepta lo sucedido, tratando de mantener o recuperar el vínculo, ignorando los límites interpuestos por el que rompe la relación.

 

  1. Hostilidad: pese al dolor vivido en esta fase, supone el primer paso en la aceptación. Así, predomina la emoción de enfado por lo sucedido y la afección que esto supone en el bienestar individual, pudiendo aparecer conductas de rencor o venganza. Esto se debe, principalmente a que, durante esta fase se comienza a revisar la historia de la relación desde la óptica de su resultado final. Aún siendo el primer paso de la aceptación, la ira suele ser tan intensa que, en ocasiones, puede dificultar seguir avanzando en la elaboración del duelo.

 

  1. Miedo: en el proceso de integración de lo sucedido y de reconstrucción de la identidad también pueden surgir miedos. En este sentido, hablamos de un miedo a lo desconocido (buscar nuevos grupos sociales, nuevas relaciones de pareja, miedo a volver a ser dañado, enfrentarse a tareas nuevas, incertidumbre por el futuro…). Es decir, al construir una nueva identidad, pueden surgir miedos que será necesario elaborar para avanzar en el duelo.

 

  1. Desesperanza: en esta fase predomina la tristeza, fruto de la aceptación del fin de la relación. Con ello, aparecen emociones como la frustración, decepción, desilusión y apatía, las cuales, aunque dolorosas, resultan necesarias para acomodar lo vivido y adaptarse al nuevo contexto.

 

  1. Pseudo-aceptación: poco a poco, la activación comienza a ser mayor, al alcanzarse más tranquilidad y seguridad en la gestión de la crisis. Así, aunque sigan apareciendo emociones negativas, éstas tienen un matiz reparador, desde el cual la persona comienza a sentirse preparada para reconstruirse.

 

  1. Realización y aprendizaje: en esta fase vuelve a aparecer un equilibrio y estabilidad emocional, de modo que se produce la aceptación de la ruptura, se retoman los proyectos y rutinas individuales, así como se espera que se produzca un aprendizaje significativo tanto a nivel personal como a nivel de futuras relaciones. Es decir, en esta etapa, nuestra visión está más enfocada al presente y al futuro que a analizar la relación pasada.

 

¿Qué podemos hacer para facilitar su afrontamiento?

 

 

Todo duelo ha de ser elaborado, es decir, se ha de trabajar en los síntomas derivados de la ruptura con el objetivo de adaptarse a la nueva realidad, reconstruyendo y adaptándose, desde el nuevo contexto, a todo aquello que se siente como una pérdida (emociones, rutinas, proyectos vitales, pertenencias…). Asimismo, se busca recordar lo vivido desde el afecto en lugar del daño y que la experiencia acabe suponiendo un aprendizaje vital, tanto para lo positivo como para lo negativo. Junto a ello, dado el impacto que este tipo de acontecimientos supone en la autoestima y autoconcepto, resultará imprescindible que éstos sean reconstruidos y reforzados.

 

Entendemos como estrategias de afrontamiento aquellas conductas o cogniciones que empleamos para manejar los acontecimientos vitales que nos desbordan a nivel individual, produciendo así una mejora del bienestar individual. A continuación, exponemos alguna de las estrategias de afrontamiento que pueden resultar de utilidad a la hora de elaborar el duelo por ruptura.

 

  • Apoyarse en la red social próxima: si se dispone de un entorno validador, empático y de confianza, expresar pensamientos y emociones como la ira o tristeza, supone una adecuada herramienta para elaborar el duelo y aceptar la ruptura. Por el contrario, negar lo sucedido y encerrarse en nosotros mismos dificulta el afrontamiento de la situación y su procesamiento.

 

  • Darse tiempo y permitirse transitar todas las emociones: el duelo, para ser elaborado, implica transitar ciertas emociones desagradables. Por ello, es importante no presionarse, evitar emociones ni tratar de reemplazar la pérdida, siendo conveniente aceptar dichas reacciones emocionales desde el amor propio y el autocuidado.

 

  • Contacto cero: en los casos en los que sea posible, cortar la comunicación y el contacto con nuestra ex-pareja puede facilitar el proceso de duelo. Cuando nos cuesta avanzar o salir de la fase de negación, restringir la comunicación e información referente a dicha persona puede ayudarnos tanto a redefinir nuestro nuevo rol (asumir nuevas funciones, proyectar el futuro sin la pareja, centrarse en uno mismo…) como a romper con dinámicas tóxicas que pueden complicar el duelo (relaciones inacabadas e intermitentes). Para ello, es útil eliminar a la persona de redes sociales, solicitar al entorno en común que no hable de ella, evitar lugares en los que pueda encontrarse (si es posible) o encontrar actividades que nos distraigan.

 

  • Continuar con la rutina y realizar actividades de distracción: la crisis que produce una ruptura podría llevarnos a paralizar ciertas actividades que, por el contrario, pueden ayudarnos en el afrontamiento de ésta. Por tanto, es importante retomar la rutina e, incluso, comenzar nuevas actividades y aficiones que puedan acompañarnos en esta nueva etapa a la vez que nos generan bienestar.

 

  • Identificar aspectos positivos de la situación, perdonar y perdonar(se): pese al dolor de lo vivido, es importante integrar y afrontar lo sucedido como una experiencia de aprendizaje, reconociendo su contribución a nuestra historia vital y otorgando sentido al duelo. Asimismo, es importante que nos permitamos fallar y no culparnos por ello, sino reconocer que la construcción y mantenimiento de una relación depende de todos sus miembros y de sus dinámicas vinculares.

 

  • Búsqueda de apoyo profesional: en algunos casos, el duelo puede resultar complicado, de modo que el individuo sienta que carece de recursos para hacer frente a la intensidad emocional vivida a raíz de la ruptura. Es en este momento, cuando contar con el apoyo de profesionales de la psicología, que evalúen el grado de afectación y proporcionen herramientas para su gestión y aceptación, se vuelve recomendable.

 

Por tanto, de ello se deriva que, cuando no se produce una desvinculación de la relación o no se acepta ésta (atribuyéndonos culpa o encerrándonos en nosotros mismos), es decir, cuando no se hace uso de estrategias de afrontamiento, la elaboración del duelo podría verse comprometida, interfiriendo así con la adaptación a la nueva realidad y la reconstrucción del bienestar e identidad personal.

 

Con todo ello, podemos concluir que el duelo tras una ruptura, aún siendo doloroso, supone un proceso normal que puede constituir una oportunidad de cambio y reconstrucción (nueva identidad, cambio en estilo de vida, reestructuración de rutinas y relaciones personales…) y, con ello, un aprendizaje y una mejora en el afrontamiento de acontecimientos vitales estresantes.

 

Por tanto; no, del amor al odio no hay solo un paso, si no que se trata de una montaña rusa en la que cada una de las emociones, conductas y pensamientos que aparecen en el proceso pueden generar una vulnerabilidad que, sin embargo, está destinada a reconstituir el bienestar personal e individual tras lo acontecido.

 

 

 

 

“Por dura que haya sido la experiencia, por costoso que haya resultado el error, siempre es posible volver a empezar”

(Jorge Bucay)

 

Tamara García Dotor – Psicóloga Colaboradora de Dana Centro de Psicología