La culpa puede aparecer a partir de distintas situaciones de la vida o puede formar parte de nosotros de una manera más cronificada a raíz de distintos aprendizajes de la infancia.

El concepto de culpa nos acompaña desde bien pequeños cuando decíamos o nos decían por ejemplo “es tu culpa”, “¿de quién ha sido la culpa?”… En realidad no estábamos hablando de culpa, sino de responsabilidad, que significa tomar crédito de nuestras acciones, mientras que la culpa es una emoción. Por sentimiento de culpabilidad se entiende un estado emocionalmente desagradable, que se produce después de una trasgresión y continúa hasta que se restaura algún tipo de equilibrio, siendo relativamente independiente que otros conozcan la razón que lo motivó.

Esto hace que hayamos utilizado la palabra culpa de manera errónea y como resultado esta permanece más tiempo del que debería e incluso se puede quedar estancada en nosotros. En este sentido es clave que entendamos nuestro diálogo interno y que lo orientemos hacía lugares que nos hagan avanzar.

Una de las situaciones en las que solemos encontrar la emoción de culpabilidad es en el duelo(entendiendo como duelo un fallecimiento, pérdida de pareja o trabajo…) y cuando la culpabilidad hace su aparición, nuestro proceso de duelo se ve ralentizado. Existe dolor dada la pérdida y probablemente nos podemos encontrar intentando evitar ese dolor creyendo que así solucionaremos el problema. En esta evitación del dolor solemos intentar pensar en cuestiones relativas a cómo podríamos haber hecho las cosas mejor; es decir,  pensando qué hubiera pasado. Entonces evitamos la aceptación a través de intentar buscar soluciones al problema en nuestra cabeza.

La aceptación y la culpa de alguna manera son contrarias. Si la aceptación fuese una persona y hablase diría “esto ha sido así y no lo puedo cambiar”, “acepto que esta persona no está aquí y voy a quedarme con este dolor, aceptando que esto no lo puedo cambiar”, “acepto que en algunas ocasiones no he actuado de la mejor manera”, “acepto que soy limitada, que he sido inmadura…”. Es decir, esta persona que habla en presente, se queda con la emoción que la situación le provoca, la navega.

Si la no aceptación hablase diría por su lado “si hubiera dicho esto las cosas hubiesen cambiado”, “si hubiera hecho esto no hubiera pasado lo que pasó”, “si hubiera estado más con ella…”. La no aceptación habla en subjuntivo (es un tiempo verbal referido a algo imaginario que no ha pasado, es lo contrario a aceptar). En este planteamiento en subjuntivo terminamos por rumiar, creyendo que estamos buscando soluciones u opciones que nos hubiera gustado que pasaran. Es aquí cuando aparece la culpa ya que no aceptamos la realidad que está sucediendo y crees que podrías haber cambiado algo. Una de las funciones de la falta de aceptación es darte esa sensación de solución, pero recordemos que estamos solucionando en un sitio imaginario que no existe y por eso es fácil que mantengamos la rumia, porque ninguna de las soluciones será suficiente. Mientras estemos en este sitio imaginario vamos a ser incapaces de aceptar, nos fustigaremos porque la culpa aparece y nos frustramos.

Otra situación donde solemos encontrar culpa es en niños adultizados, que tuvieron que encargarse emocional o físicamente de los demás cuando debería haber sido al revés. Y puede ser, que en ocasiones cuando no se pudieran hacer cargo se les reclamara el por qué no lo habían hecho. Esto hace que ya desde pequeños se plantee en nuestra imaginación un “¿y si hubiera hecho lo otro?” lo que nos devuelve a ese lugar en subjuntivo. Así, desde fuera nos hacían el refuerzo sobre la responsabilización. En este sentido la tarea de aceptación sería entender que los demás tienen que encargarse de su mundo, que los demás pueden fallar aunque para ello tengamos que verles sufrir sin hacer nada… Aceptar en definitiva que no es nuestra responsabilidad cambiar el mundo emocional de los demás, son ellos los que se deben responsabilizar de esa parte. El problema aquí es que hemos puesto a los demás por delante desconectándonos de nuestras propias necesidades emocionales sanas. Lo que podemos hacer es empezar a responsabilizarnos de nuestro propio mundo emocional y dejar de encargarnos de las emociones de los demás.

 

 

La base de la gestión de la culpa está evidentemente en nuestra gestión y regulación emocional. Parte del objetivo de la gestión emocional es no evitar las emociones porque es imposible, pero sí podemos gestionarlas. Gestionarlas significa sentir esa emoción de una manera más regulada y para ello es básico que entendamos las emociones que nos acompañan en el camino y cuál es su función y para ello puedes consultar el artículo de nuestro blog donde hablamos de validación emocional: https://www.psicologiadana.com/validacion-emocional/

 

Noelia González Viniegra – Psicóloga colaboradora de Dana Centro de Psicología